sábado, 18 de mayo de 2013

Si querés vení

Natalia Mardero, Gato en el ropero y otros haikus, Montevideo, Irrupciones, 2012. 147 páginas.

El haiku, es más que una forma de poesía, tradicional en Japón. Como mucha cosa en las culturas orientales, es lo que es en sí misma y algo más. Simplemente dando una idea, describiendo una acción, pensamiento o sensación, el haiku condensa y guarda tantos mensajes como los que expande. Lograr esa densidad de significados, con un buen manejo del lenguaje, cierta musicalidad y hasta belleza, es ardua tarea que los cultores contemporáneos del género no siempre han conseguido. Octavio Paz, Tomas Tranströmer, Borges y hasta Mario Benedetti entre otros han incursionado en el haiku, y en esa lista habría que agregar ahora a Natalia Mardero, con su último libro Gato en el ropero y otros haikus.
Sin embargo, los haikus de Mardero no se relacionan con las diferentes características de los de los autores mencionados. No hay cultismo, elucubraciones filosóficas, humor berreta, o intentos de hacerse la japonesa, en estos haikus hay intimidad, o más que eso, viaje al centro de sí. En este sentido es ineludible mencionar que Gato en el ropero está estrechamente ligado a Haikus gordos, de la argentina Belén Ianuzzi, aunque quepa la posibilidad de que sus autoras no se hayan leído.
En estos haikus, la autora no se planta atrás de un vidrio a mirar el mundo y describirlo, ni se plantea un problema que debe resolver a través de un poema. Su actitud es de vivir lo que escribe y viceversa, ser protagonista y materia de sus haikus, y sin caer en escritura automática, sacarle capas e intermediarios que separen al pensamiento o sensación original de aquella que el lector encuentra dentro del libro. Esto quizás sin la intención de ser didáctica o iluminadora, mezclando ambientes o personajes en apariencia imposibles de relacionar, muchas veces dejando el poema más que como obra cerrada y con el contenido acumulado en su interior, como una bolsa abierta por donde constantemente se escapan y se disparan preguntas o variantes. En este sentido cabe mencionar que no se trata de un tipo de poesía muy común en nuestro país, tan adepto al raciocinio, a la poesía ingeniosa, la coloquial anacrónica, o a la oscuridad más barroca. En estos haikus no parece haber intención de poner excesivamente palabras esdrújulas constantemente para sonar potente, ni de hablar del calabozo del alma en una noche oscura, ni nada de eso. Mardero habla de su infancia, sus gatos, el amor y las playas sin excesivas pretensiones, simplemente dejando una mínima luz prendida y la punta de un hilo fino para el lector que quiera y se anime a compartir esa sensación con quien escribe. Se busca la complicidad sutil, la autora quiere que la acompañemos en ese viaje, pero no se desespera, sabe que es un viaje que igual puede hacer sola. Eso parece quitarle una mochila pesada, que muchas veces ha complicado a la poesía actual, cómo relacionarse con el lector y pedirle su compañía, cómo pararse en un sano equilibrio entre aquel que quiere viajar sólo y se refugia en el hermetismo y aquel que necesita desesperadamente compañía y genera una obra entre demagoga y artificial.
Este tipo de poesía ha sido muy escaso en nuestro país, no así  en Argentina, donde incluso de este palo intimista, directo, hedonista (pensemos en las poetas de Belleza y Felicidad) se ha abierto un camino que ha llegado a la narrativa (Inés Acevedo, Fernanda Laguna, Dani Umpi y con algún matiz, Posmonauta de la propia Mardero) o incluso al cine como en algunas películas de Ezequiel Acuña, Martín Rejtman, Juan Villegas o Celina Murga.
Un último detalle a comentar. Gato en el ropero es un muy bello libro en su diseño, conteniendo ilustraciones de Adela Casacuberta y fotografías de Bernadette Laitano, las cuales no son un mero adorno que acompaña los haikus sino parte fundamental de un conjunto sumamente poético, tan sutil como potente y sumamente bella, de una poesía necesaria en nuestro ambiente, tantas veces con jaqueca en la buhardilla, de baúl, poco festivo, arrugado.

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