sábado, 18 de mayo de 2013

El mantel de hule. Leonardo Favio (1938-2012)


En el breve obituario que daba cuenta de la muerte de Leonardo Favio, Gonzalo Curbelo de la diaria mencionaba acertadamente que en tiempos en que la categoría artista popular está bastante manoseada, se podía decir que con Favio moría un verdadero artista popular. La afirmación no solo es correcta por incluir a Favio dentro de esa especie de categorización sino por mencionar que efectivamente lo popular, es algo que se ha vuelto difuso. Porque lo popular no es fácilmente definible y últimamente se ha intentado facilitarlo. No es estrictamente una cuestión relacionada con el consumo, ni con lo conocido que es algo o alguien, ni con la relación que tenga con la identidad del lugar ni con la cercanía a las expresiones del pueblo. Es todo eso en buena medida y mucho más. Este plus es lo que a veces no se toma en cuenta y es lo que hace que Favio sea un verdadero artista popular, además de un gran artista.
Porque Favio tenía también todas las características mencionadas. Tanto su cine como su música fueron consumidos por mucha gente (los cuatro millones de argentinos que vieron Nazareno Cruz y el lobo todavía son una cifra record), sobre su fama y lo conocido que resultaba su nombre, sus canciones y su imagen no se puede discutir, al igual que lo profundamente argentina que es su obra. Pero a todo esto se le agregan otras cuestiones que significaron que la muerte del lunes no fuera una muerte cualquiera.

A trabajar de artista

Favio es el estereotipo de la superación personal al estilo de las viejas historias de radioteatro, del teatro costumbrista, o las biopics norteamericanas de los 80. Cualquier director podría hacer una película sobre su vida, hasta cualquier conjunto de parodistas podría hacer la parodia de Leonardo Favio y tener buen suceso. Esto se debe a que su vida tiene de todo. Nacido en la localidad mendocina de Luján de Cuyo con el nombre Fuad Jorge Jury, casi no conoció a su padre, criándose con su abuela, su tía y su madre, éstas dos actrices de radioteatro. Muchas veces, por algún problema con la ley o porque su madre viajaba a Mendoza por cuestiones de trabajo, tuvo varios períodos de internación en el Patronato de menores. Viajan a Buenos Aires junto a su hermano, persiguiendo el sueño de ser artistas. Duerme en pensiones de mala muerte, comiendo salteado, yendo a todos los castings que buscaban actores, golpeando las puertas de todos los canales y radios, hasta que por contactos de su tía consigue un papel de “actor de conjunto” (Favio usaba esta expresión para referirse a los llamados “extras”) en El ángel de España del director peruano Enrique Carreras (quien luego sería director de varias películas de las de Porcel y Olmedo). Allí lo ve uno de los mejores directores de la época, Leopoldo Torre Nilsson, quien se transformaría prácticamente no solo en su maestro sino en la figura paterna ausente en la vida de Favio. En una de esas películas conoce a María Vaner con quien comienza una relación. Para impresionarla y “por miedo a que se la ganara algún intelectual” decide filmar un corto, basado en una historia de su hermano Zuhair. Va a los laboratorios AGFA, les lleva un papel falso en el cual supuestamente Torre Nilsson les pide latas de película, y con esas películas robadas filma El amigo, su primer cortometraje. Cuenta Favio que al filmarla descubrió que eso de filmar no era ni fácil ni difícil, sino que era, y que eso era algo que parecía salirle bien. Es luego de ese corto que empieza a planear su primer largometraje, basado en una de las historias que vivió en el internado de menores, una fuga.

La historia de la fuga de unos pibes de un correccional iba viento en popa hasta que por esos días se estrena con gran suceso Un condenado a muerte se escapa de Robert Bresson. Cuenta Favio en el libro Pasen y vean de la periodista Adriana Schettini “Cuando la vi se me vino el alma a los pies, porque era la historia de un tipo que se escapaba de un calabozo. Todos van a pensar que lo mío está copiado de Bresson, pensaba. Pero charlando con mi hermano, se nos ocurrió que se le podía dar otra vuelta a la historia y ahí empiezo a escribir Crónica de un niño solo, basada en nuestras experiencias del Hogar El Alba. En esa película más que la cárcel de menores está el retrato del Hogar El Alba, donde eran flor de verdugos”. La película fue un éxito, tuvo once premios en el Festival de cine de Mar del Plata, incluido el premio revelación al niño Diego Puente. Crónica de un niño solo sorprende por varios motivos. En primer lugar la importancia de lo visual y el sonido como verdaderos protagonistas, novedoso si se toma en cuenta que se venía de un cine argentino muy basado en los diálogos y en la forma tradicional de plano y contraplano. En segundo lugar cierto descubrimiento de un habla popular no impostada, rasgo que caracteriza a toda la filmografía de Favio, y que incluso es un padecimiento de cierto cine en la actualidad. Por último lo ambivalente de los personajes. Hasta en los seres más supuestamente despreciables hay una mirada tierna, y en los personajes tiernos y queribles hay oscuridad, cierta sordidez.
Envalentonado por el éxito de Crónica de un niño solo, Favio arranca definitivamente una carrera cinematográfica que no parará hasta su muerte y cuyo segunda (o tercera) escala va a ser una de las obras maestras del cine latinoamericano, Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza, y unas cosas más. Luego de ésta película, que consolidó a nivel de reconocimiento al director, su carrera cinematográfica comenzara a convivir con otro costado, igual de importante para entender ese fenómeno llamado Favio, su carrera musical.

Un árbol

Motivado por unos amigos productores que lo escucharon cantar graba unas canciones. Dos de ellas Fuiste mía un verano y O quizás simplemente le regale una rosa se transforman en verdaderos éxitos y Favio pasa del moderado reconocimiento de joven actor y director de cine a la fama desenfrenada de un ídolo de la canción. Éste éxito vertiginoso no era muy bien llevado por el artista, quien durante esos años pasó mucho tiempo recluido en su apartamento. Si bien, formó parte de cierto movimiento de cantantes románticos o beats junto a figuras tan disímiles como Sandro, Leo Dan, Juan Ramón, Palito Ortega o Chico Novarro, Favio planteaba novedades con respecto a éstos que hacía difícil el incluirlo en alguna tendencia. Para empezar su forma de cantar, que alternaba muchísima calma en la interpretación con verdaderos momentos de furia, vozarrón y dicción percutiva. Por otro lado su repertorio, que podía tener desde temas compuestos por Leo Dan, a un tema de Spinetta (Tema de pototo), Chiquillada de José Carbajal, o una cumbia colombiana ortodoxa. Por último ciertas variantes en las letras que resultaron novedosas y que de algún modo se emparentan con cierta búsqueda de su cine, la inclusión del voseo o de algunas expresiones como “piba” o “che”, muy difíciles de encontrar en un repertorio romántico de cierta formalidad y neutralidad verbal. Para muchos admiradores de su cine, el lado musical no solo les desconcierta sino que les incomoda. Ese problema resulta si se lo concibe como sistemas de creación separados. Si, como plantea Horacio Verbistsky en su nota de despedida a Favio publicada en Página 12, se considera su música, su cine, su aspecto, su militancia política, como un gran todo, surgido del mismo árbol, la cosa adquiere sentido y trascendencia.

Héroes de barrio

Toda esta ola desenfrenada es abruptamente cortada por Favio cuando comienza el proceso de filmación de la película que marca su ingreso al color, Juan Moreira. La etapa de blanco y negro se había cerrado con un film que no había tenido muy buena crítica, pero que los años han demostrado que se trata de una de las joyitas de su filmografía, como lo es El dependiente. Esperpéntica, opresiva, asfixiante, silenciosa, marca el punto más complejo y quizás filosófico del cine de Favio, y cierra en sí misma un tipo de cine que ya nunca volverá a hacer. El dependiente dejó proezas en lo técnico (es conocida la historia del plano final pero lo complejo de su realización no deja de sorprender) y la sensación de que esa trilogía de blanco y negro, tan revolucionaria, abría paso, ahora con color, a una nueva etapa.
Con Juan Moreira se ingresa en una etapa más épica, mágica, quizás más romántica, de excesos, de cierto barroquismo pop, siempre al borde de lo cursi o naif, pero escapando a último momento gracias a un pulso narrativo genial y un manejo de lo visual casi impresionista. También es la primera vez que uno podía sospechar cierta guiñada a una coyuntura determinada de la sociedad argentina. Moreira, la historia del gaucho rebelde, del pueblo contra la ley o contra el sistema, fue filmada y estrenada en pleno fervor peronista  por el inminente retorno de Perón desde Madrid, el cual para la gran mayoría de los peronistas (entre los que obviamente se incluia a Favio) iba a significar el retorno del pueblo al poder. Favio fue parte de la comitiva que viajó con Perón hacia Argentina, brindó su equipamiento técnico para el acto de Ezeiza, fue el locutor del acto, fue uno de los que pidió en vano que pararan la balacera, amenazó con suicidarse en público si no paraban las torturas a las que los secuaces de Lopez Rega estaban sometiendo a integrantes de la juventud peronista en un hotel. Luego de este desencanto, y hasta Gatica el mono, veinte años después, la política no aparecerá, ni directa ni indirectamente en su cine.
Posteriormente a Juan Moreira, que había sido un verdadero éxito de público, estrena Nazareno Cruz y el lobo, la cual superó en cuanto a concurrencia el éxito de su predecesora, y se transformó en la película más vista en la historia del cine argentino. Al igual que en la película posterior Soñar, Soñar, injustamente subvalorada, el color explota, las bandas sonoras se vuelven monumentales (ya habían empezado en Juan Moreira), Favio se vuelve más popular que nunca, y más criticado por los críticos de izquierda, o más intelectuales, que lo tildan de cursi, evasivo y en decadencia.
Luego la dictadura, el exilio, y la mejor vuelta posible con la que seguramente sea su obra maestra, Gatica el mono. Brillante película que termina siendo la mejor historia de la década peronista, de su auge, su caída, y cómo vivieron ese proceso los más humildes.
Posterior a Gatica, su bajada de candidatura al Oscar, en protesta por las trabas del Congreso a aprobar una ley de apoyo al Incaa, y la filmación de ese monstruo (muy disfrutable por cierto) de seis horas llamado Perón, sinfonía del sentimiento.
Su carrera se cerró  con Aniceto, adaptación de su viejo éxito en clave de ballet cinematográfico, en la cual, además de homenajear a Georges Méliès, se homenajea a sí mismo, demostrando lo que se volvió su sello, ese virtuosismo expresado de la manera más sencilla posible.
Cuando la muerte lo encontró estaba craneando su nueva película, El mantel de hule, título de gran síntesis de su búsqueda estética y artística. Lo popular, no en términos heroicos, caricaturescos o despectivo, sino esencial, sencillo, sutil, honesto.

Fin
En tiempos en que lo popular se ha bastardeado, muchas veces por elitismos académicos, otras veces, muchas, por los propios defensores de eso llamado lo popular, o por quienes dicen hacer algo popular, confundiendo popular con llano, caricaturesco, conservador, de mal gusto. En momentos en que sobre lo popular hay una nube que vuelve todo esmerilado, decir que con Favio muere un verdadero artista popular es dar luz sobre el tema. Generó una obra musical, con mucha llegada a diversos públicos, integrando localismos sin volverla pintoresca. Forjó una enorme filmografía absolutamente universal, basado en telenovelas, radioteatros, circos criollos, folletines e historietas (era un gran lector de Oesterheld, Hugo Pratt, Del castillo, Casalla, El llanero solitario, Rip Kirby ). Hizo hablar a sus personajes con el habla de las calles y los bajos fondos, pero no para que el primer mundo comprendiera lo que era un pobre tercermundista, sino para que la gente pudiera ver en una sala a personajes que hablaban su idioma. Les mostró en la pantalla a iguales, a semejantes, pero que podían ser héroes como Gatica o seres sobrenaturales como Nazareno Cruz, no los encadenó a la mediocridad del pobre, la que proviene siempre de las clases dominantes. Y todo eso mientras soñaba, con pasión, encendiendo siempre el mejor de los fuegos (como Nazareno), fuego que no tiene miras de querer apagarse, aunque ya no podamos esperar, y nos duela a varios,  “la próxima de Favio”.

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