sábado, 18 de mayo de 2013

El afuera y los adentros

No, de Pablo Larrain
Con Gael García Bernal, Alfredo Castro y Luis Gnecco
Chile, 2012, 118 minutos


Cualquier comunidad que se precie de tal debe renovar las miradas sobre los hechos importantes de su historia, escuchando lo que cada generación tenga para decir. Con respecto a las dictaduras de la región, la cosa no ha sido sencilla, durante mucho tiempo quienes elaboraron los diferentes relatos no daban lugar para otros enfoques, banalizándolos, tildándolos de evasivos, frívolos o directamente fachos. Pero la renovación de relatos no se trata de generar historias más o menos interesantes sobre el mismo hecho, sino que su función es la de impedir que un relato, con el tiempo se transforme en leyenda. No, de Pablo Larrain es una película sobre los últimos años de la dictadura de Pinochet. El mismo director ya había filmado los primeros años de esa dictadura en Tony Manero. Pero no estamos hablando del cine de dictadura con el molde La historia oficial, sino del cine hecho por un tipo que fue niño durante la dictadura, que no provenía de una familia de militantes de izquierda (sino casi lo contrario) y que da su visión, tan válida y genuina como la de las víctimas directas del terrorismo de estado.
No cuenta la historia de René Saavedra, un joven publicista chileno exitoso (muy buena actuación de Gael García Bernal), que tiene todo lo que podría tildar a alguien de exitoso, una linda casa, empleada doméstica, un coche deportivo, una carrera en ascenso, pero al que la vida le depara un quiebre cuando la coalición política que lucha por el No en el plebiscito de 1988 que buscaba consolidar a Pinochet en el poder, le ofrece ser el publicitario encargado de la campaña.
Es evidente que René acepta (de otro modo la película duraría quince minutos), y se embarca en la difícil tarea de no solo ganar la votación, que al principio parece imposible, sino de cambiarle la cara de la oposición, el semblante, la táctica. En torno a estos dos problemas gira toda la película. Hay un afuera (la población, los indecisos) que oscilan entre el miedo de las represalias de Pinochet, perder el confort cosechado en esos años (que reconocen, costó algún muerto que otro) o la resignación de saber arreglada la votación de antemano; y un adentro, la propia oposición con un discurso todavía muy sesentoso, “lagrimero” dice René, que considera que únicamente poniendo madres de desaparecidos llorando o imágenes de represión militar van a conseguir los votos. La lucha de René en este caso va a ser la de convencerlos de que las estrategias de la publicidad, en el tiempo en que viven, son mucho más eficaces que las denuncias. Pero hay todavía otro adentro, el del propio René. Para él no es fácil la decisión, no es un héroe, y si bien el y su familia sufrieron el exilio, el confort y su posición económica le influyen, tampoco quiere perder todo. Encima su jefe en la agencia de publicidad es no sólo un colaborador del gobierno de facto sino el encargado de la campaña del Si.
Toda la película transcurre entonces entre el descreimiento de los logros del plebiscito y la esperanza de sacarlo, entre el cambio y la estabilidad, todo en secreto, a escondidas, con la paranoia que la dictadura fomentaba. Todo esto filmado con cámara en mano, con una imagen vintage, ochentena, vhs. La cámara sigue a los personajes como un protagonista más, un integrante mudo de esas situaciones, que a veces los filma cortados, otras veces filma el sol de frente y satura la imagen, como un gran video casero, pero también como las filmaciones precarias de los 80, las ficciones televisivas y la pornografía amateur.
No estuvo nominada a los Oscar como mejor película extranjera. Tenía todos los ingredientes que le gustan a la academia: superación personal, aparente carácter heroico del protagonista, una batalla desigual, discípulo contra maestro, dictadura latinoamericana, y hasta un final feliz (esto no es spoiler porque ya wikipedia aclara quién ganó ese plebiscito). Sin embargo No, es mucho más que eso, está bien hecha, es entretenida, hay momentos en que roza el thriller político y lo hace bien, y es además una reconstrucción de época impecable. Compitió con Haneke y perdió, pero otro año vaya uno a saber qué pasaba.


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