jueves, 3 de mayo de 2012

La llama asfixiada


Martín Caparrós, Los Living, Barcelona-Buenos Aires, Anagrama, 2011. 430 páginas

Los premios literarios latinoamericanos  (o hispanoamericanos en este caso) han traído obras extrañas, no tanto en su propuesta como en las razones por las cuales son premiadas. Merece un largo artículo el repaso de los últimos premios de los grandes grupos editoriales presentes en Latinoamérica para intentar comprender, qué es lo que se está premiando, y qué canon están ayudando a crear. Lo cierto es que, de parte de este cronista, está la idea de que no han sido buenos años de los premios de editoriales como Alfaguara, Santillana, o la que en esta nota nos inquieta, Anagrama, la cual a través de su Premio Herralde ha premiado a Los Living, del argentino Martín Caparrós.
Esta novela tiene los clásicos toques Caparrós, cierto humor elegante, su conocida postura crítica hacia el peronismo,  su locuacidad. La historia es muy interesante, se podría decir que es la historia de los últimos 30 años del siglo XX en Argentina, contada desde el punto de vista de la intimidad de una casa y una familia. De este modo, a partir de la vida de los padres antes de conocerse, la unión, la búsqueda del embarazo y la gestación de Nito, el protagonista, se empieza a contar la historia de este. Maravillosamente acompañado, cada momento, de la situación política, económica, sociocultural, de la Argentina en cada etapa de su vida. Cierta relación entre el proceso de la vida de Nito y la del país, parece importarle mucho al autor, al punto de que el bebé nace el día de 1974 en que muere Juan Domingo Perón.  Malvinas visto desde un niño y desde una escuela (algo similar a lo que se encuentra en Ciencias Morales de Martín Kohan), el menemismo a los ojos de un adolescente, el peronismo de Cámpora desde el noviazgo de un chapista y un ama de casa. Parece responder a una tendencia que cada vez toma más fuerza entre los escritores argentinos que cuentan una parte de la historia no desde el punto de vista de la vida pública sino desde lo más privado e íntimo, tal es el caso de Historia del pelo de Alan Pauls, o La casa de los conejos de Laura Alcoba.
Todo indica, en los primeros capítulos, que la novela contará la historia de un personaje, en este caso Nito, a través de todas las etapas de su vida. Efectivamente en gran parte del libro esto es así, lo cual comienza siendo un punto alto del mismo, ya que no se deja nada librado a la suposición, se repasa toda la vida. Sin embargo todos los capítulos, poco a poco se van desdibujando por un defecto del narrador, surgido quizás de una de sus virtudes. Caparrós tiene un dominio de la narrativa absolutamente incuestionable, un modo de armar cada frase para que el lector viaje por ellas del modo más fluido y armónico posible, incluso que desee entrar en la siguiente frase. Pero quizás conocedor de esta capacidad, comete permanentemente el error de contar en 100 páginas aquello que pide y necesita ser contado en 10. Se endulza, da mil vueltas sobre lo mismo, y quizás las primeras vueltas en círculo son fructíferas y aportan nuevas miradas sobre esa idea o acción pero las siguientes solo generan tedio.
Como buen ejemplo de lo dicho anteriormente, sobre la elección de estirar hasta el hartazgo todo, es el penúltimo capítulo, que rompe con casi toda la historia de los primeros años de vida de Nito, y en el que parece cambiar tanto la tónica, no solo de lo contado sino de la forma de hacerlo, al punto de que da la sensación de que toda la novela no es más que un cuento de 30 páginas, al cual el autor acompañó con 400 páginas de contextualización o preparación para que el lector conozca un poco más sobre el protagonista. Se recomienda leer el capítulo titulado “Una fiesta”, el cual, si bien comparte los personajes del resto de la novela, cuenta una anécdota con tal densidad que podría funcionar como relato breve, autónomo de la novela e incluso con otra atmósfera.
Una sensación similar se genera con la personalidad del narrador y con la forma en que cuenta su historia. Es muy bueno, y en esto Caparrós debe ser de los más completos de la literatura latinoamericana actual, el uso que hace del contexto y la ambientación epocal de cada momento de la historia. No solo relaciona la historia con datos históricos o atmósferas coyunturales de forma llana, sino que se permite una libre asociación de ideas a partir de un hecho, un personaje, que además está tan bien narrada que para el lector es un viaje por un tobogán muy disfrutable que acompaña gustoso al narrador por sus divagaciones. El problema es que no sabe parar a tiempo y el tobogán se hace eterno, lo que no solo invalida el placer del viaje anterior sino que le permite al lector detectar otro error que había quedado oculto. Caparrós quiere hablar de todo con propiedad, pero como no sabe todo, ni conoce todo, cuando habla sobre lo que no conoce en profundidad, la embarra, da la sensación de ser un escritor novato que se mete en problemas al querer impresionar a alguien hablando sobre lo que no sabe.
La sensación final es la de una oportunidad perdida de escribir una gran novela sobre la Argentina de los últimos 40 años, desaprovechada exclusivamente por su autor, quien quizás, motivado por la muy buena idea central de la novela, la que incluso le da nombre  a la novela, pretendió anexarle o rodearla de tanta cosa que terminó asfixiando esa gran creación. No está mal escrita, es interesante, pero el exceso mencionado genera el olvido de las primera buenas impresiones sobre el objeto en cuestión, o de la buena elección de mencionar determinada idea o generar determinada historia, y deja solo la sensación de un escritor que prefirió olvidar al lector y a la historia, para mirarse nada más que su ombligo.