lunes, 6 de febrero de 2012

Lejanía interpelante



Julio Inverso, Papeles de Juan Morgan. Narrativa y otras prosas, Montevideo, Estuario, 2011. 304 páginas






Dos rumbos preponderantes parecerían haber seguido la literatura de los 90 en nuestro país. Por un lado, y quizás heredero del reviente, los excesos y cierta apertura de los 80, podrían verse similitudes entre las obras de Gustavo Escanlar, Lalo Barrubia, Héctor Bardanca y un jovencísimo Daniel Mella. Esta tendencia, de un realismo más sucio y hasta atroz, retomó la lectura fuerte que en los 80 se había posicionado de Burroughs, Bukowski y algunos otros poetas beatniks, y le sumó una influencia fundamental de esos años, la obra de Bret Easton Ellis. Por otro lado, continuando el rumbo de cierto hipismo lisérgico de los 80, quienes también habían redescubierto a Burroughs, Kennedy Toole, Carlos Castaneda, y a quienes un viaje posterior los conecta con cierto romanticismo oscuro y con poetas malditos del siglo XIX como Rimbaud, Mallarmé, Keats, Leopardi, Blake, e incluso Goethe, mas surrealistas como Bretón. Quizás esta tendencia haya nucleado a tipos tan diversos como Darnauchans (más veterano) o Julio Inverso, aunque quizás sea éste último quien ejemplifique mejor esta línea, sobre todo a través de su prosa, recientemente publicada por Estuario. Por estos días, también ha visto la luz Pensamiento salvaje, un libro que recopila textos de Marcelo Marchese, compañero de Inverso en ese grupo que le movió un poco el avispero a la dormida Montevideo que se llamó La Torre Maladetta
La pregunta, luego de leer el tomo de prosas de Inverso es si se trata de un camino estético posible de seguir hoy en día, e incluso, hilando más fino, si ese tipo de literatura tiene algo para aportar en el presente, más que el registro etnográfico literario que asegura que en determinado lugar y en determinada época, hubo tipos de determinada vida y postura artística que hacían determinado arte.
A simple vista, es notorio que la época actual y sus cánones estéticos (y hasta éticos) no le han jugado una buena pasada al modo Inverso. Ya sea por una sofisticación de la crítica, o una creciente búsqueda de multidisciplinariedad de la academia que ignora lo esencial que pueda rodear una obra y su creación, privilegiando enfoques o intervenciones que integran otras ciencias, parecería que el romanticismo crudo de Inverso, su constante referencia a la idea del ángel caído, o del artista incomprendido, en el mejor de los casos suena anacrónico e inocente, y en el peor escenario, cursi.
El artista, si bien sigue siendo un bicho raro hoy en día, ya no es aquel paria reprimido e incomprendido por el sistema ignorante y conservador. En todo caso, la ignorancia y el conservadurismo de nuestra sociedad pasa por canales muy distintos a los que pasaban hace 20 años. Incluso la represión es otra, mucho más sofisticada, que aquella que irrumpía en boliches y actividades culturales llevándose a todo el mundo preso. Lo cierto es que en el caso de que el enemigo sea el mismo (también en caso de que exista un enemigo), los dardos arrojados por Inverso a través de su obra a la sociedad y al sistema literario, parecen no hacerle ni una mínima herida al blanco.
La maestría de Inverso, para trabajar con el lenguaje poético está fuera de discusión, quizás por esa razón, su obra estrictamente poética todavía conserve cierta vigencia y los caminos abiertos por esta puedan seguir siendo transitados. Sin embargo, la prosa requiere otro tipo de armamento con el que no cuenta su obra, más allá de muy buenos momentos, fundamentalmente en Papeles de un poseído.
En los 80, en plena crisis cultural postdictadura, y en pleno destape de cierta frivolidad, la alternativa de los artistas, para diferenciarse del resto de la sociedad como grupo, era la tendencia a una cierta erudición. Tampoco una erudición culta más relacionada al mundo académico (también motivo de rechazo por la mayoría de los artistas jóvenes), sino una erudición interna, sectaria, que simplemente diferenciara determinado grupo del resto de la sociedad. Esto permaneció hasta entrados los 90, y quizás se haya empezado a desmembrar con medios como Posdata en que “eruditos” under e integrados, más periodistas no vinculados a ninguna tendencia, compartían páginas de un medio con una tirada impresionante y de gran circulación en diversas capas de la sociedad. Este rasgo, aparece reiteradas veces en las prosas de Inverso, muchas veces el recurso queda a la vista y es defendido como herramienta de diferenciación social por los personajes de estas autoficciones. A un yuppie esta bueno descolocarlo hablándole de Anaïs Nin, o viajar en un ómnibus leyendo a los herméticos italianos es símbolo diferenciador. Hoy en día esa postura, si no un poco elitista, suena quizás ingenua, sobre todo en momentos en que un pibe con una xo, o en el ciber del barrio, con una cadena de links llega fácilmente y sin quererlo a un manuscrito de Hannah Arendt, a la historia por la que se fundó la empresa de video juegos Capcom, o a la receta de ceviche. Es decir, esta postura, está muy anclada a una época (quizás la última) en que el libro (y el acceso a él o no) determinaban seriamente quién tenía el saber y quién no. No es culpa de Inverso que todo haya cambiado tanto en quince años, pero reaviva la pregunta anterior sobre el valor de su obra hoy, y la persistencia del camino que esta marcaba o la imposibilidad de seguirlo.
Sin embargo, en ciertos puntos se veía en la obra de Inverso, gérmenes de cuestiones que luego explotarían años más tarde. Una es la integración total de la música (y sobre todo del rock) en las ficciones narrativas y poéticas. En Inverso, quizás primero que en nadie, la música no es un telón de fondo ni un detalle ornamental de la acción, sino un personaje fundamental, que determina decisivamente la vida de los personajes humanos y su entorno. La segunda, es el tema de la intertextualidad y la idea de plagio. Para Inverso el plagio no existe, ya que ese hecho que la sociedad nombra como plagio, es una de las herramientas fundamentales de creación literaria. No solo es permitido usar textos de otros para construir uno nuevo propio, sino que es necesario, imprescindible. La academia y la crítica han procesado de manera muy lenta este tema, empezando tibiamente desde el concepto de intertextualidad mencionado por Bajtín, hasta que, al menos en la región, un hecho sacudió la modorra y dejó en evidencia lo lento que se había sido en el tratamiento del tema al no poder aportar, ni la crítica, ni la academia, ni los lectores, una opinión lúcida sobre el tema. En 2006 un escritor argentino-paraguayo llamado Sergio Di Nucci gana el premio La Nación-Sudamericana con una novela titulada Bolivia Construcciones. Tiempo después se descubre que más de 30 páginas habían sido extrapoladas textualmente de la novela Nada de la española Carmen Laforet (luego se habló de 15 fragmentos diseminados por la novela). Para algunos Di Nucci era un chanta, para otros había que quitarle el premio, el autor se defendió diciendo que su intención era poner en tela de juicio el tema del autor y el plagio. Lo cierto es que nadie aportó nada interesante para el debate y se prefirió que el tiempo borre todo. Si uno lee la obra de Inverso y el aporte que este hacía a la aceptación y celebración del llamado plagio, nota que cualquiera de sus ideas, escritas mucho antes del affaire Di Nucci, son chispas de verdadera y lúcida teoría literaria, solo que Inverso nunca hubiera querido que fueran eso. Pensemos también en nuestro país, el caso que rodeó a Gustavo Escanlar y comprobemos lo pobre que fue el debate sobre el mismo, mencionado en uno de las notas que componen Pensamiento salvaje.
¿Cómo lee la literatura uruguaya, sus escritores, editores, críticos, académicos, libreros, distribuidores, gestores, y público en general, la década del 90’? Desde hace un tiempo se han revalorizado y reeditado obras importantes de ese período, pero pocas veces, más allá de la justicia histórica de publicar obras casi perdidas o de realizar reediciones mejoradas, nos hemos preguntado qué nos dicen hoy, si van a escuchar lo que tenemos nosotros para decir, o si todo esto deja algún trillo para investigar. Tanto el de Marchese como el de Inverso, (pero fundamentalmente este último) nos piden urgente ese ejercicio.

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