viernes, 10 de diciembre de 2010

Más que grises, negros


Renzo Rossello. Trampa para ángeles de barro (1993), Montevideo, Estuario / Cosecha Roja, 2010. 144 páginas
Pedro Peña. Ya nadie vive en ciertos lugares, Montevideo, Estuario / Cosecha Roja, 2010. 132 páginas
Rodolfo Santullo. Sobres papel manila, Montevideo, Estuario / Cosecha Roja, 2010. 120 páginas


Es extraña la situación de la novela negra en el panorama de la literatura uruguaya en las últimas décadas. Sin colecciones de género por parte de las editoriales (a excepción de cierto lugar que tuvo el género en Calicanto), salvo una tímida, despareja y carente de criterio, colección del diario La república, en la década del 90 en la que aparecieron obras de Carlos María Federici o Sam J. Cospell (Alfredo García), tampoco fue un género muy transitado por nuestros escritores. Evidentemente ha habido nombres recurrentes como Milton Fornaro, Omar Prego Gadea, Hugo Fontana, Hiber Conteris o Juan Grompone, pero tampoco estamos hablando de escritores que se asocien al policial como género o que realmente generen un diálogo fructífero con la literatura negra. Quizás los tres escritores que hayan ejercido un diálogo rico, cada uno de muy diferente modo, son Mario Levrero (a través de Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, 1975, o La banda del ciempiés), Henry Trujillo (La persecución es una maravilla del género) y Daniel Chavarría. En la nueva narrativa podríamos hablar de escritores que establecen comunicaciones con el policial pero sin adherir a su núcleo más ortodoxo o clásico como Andrés Ressia Colino o Ana Grynbaum. Estuario Editora, siguiendo el ejemplo de la muy buena colección argentina Negro Absoluto, pone en la calle Cosecha Roja, una colección de literatura negra uruguaya. Los primeros títulos además de establecer diferentes modos de acercarse al género por autores menores de 50 años, muestran la intención de la colección de pensar el género desde hoy, desde nuestra nueva narrativa.

El policial neo-liberal

Antes de esta reedición, Trampa para ángeles de barro de Renzo Rossello (Montevideo, 1960) formaba parte del grupo selecto de buenas novelas policiales de la literatura uruguaya. Indudablemente superior a su primera novela, Valores y dublés (1991), ésta novela no solo se trata de una muy interesante novela negra sino de una de las más importantes obras del género en nuestro país. Quizás este hecho se de no solo por la calidad de la obra sino también porque marcó escuela en el escueto panorama local del policial por esos años.
La buena nueva que trajo esta novela en la década del 90 fue el abandono del viejo modelo del policial, no en lo relativo al tradicional trinomio crimen / criminal-investigación-investigador, sino más bien en la disolución o difuminación de la frontera entre lo bueno y lo malo, la intersección y retroalimentación del bando de los “buenos” y el de los “malos”. Esta puesta en crisis es un signo claro de un período de caída o puesta en cuestión de los grandes relatos que daban consistencia a la sociedad moderna como la ideología, la filosofía o la religión. Salvo en los policiales propagandísticos (fundamentalmente en aquellos empapados de Guerra Fría comunes en narradores norteamericanos) no hay blancos y negros y más allá de que se respeten ciertos roles tradicionales, todos los personajes son seres que intentan sobrevivir en este mundo y sacar la mejor tajada de todo el problema. Son personajes sin altruismo, individualidades en plena guerra de supervivencia. Este modelo es inaugurado de algún modo por el llamado Hard Boiled norteamericano, fundamentalmente por las obras de Raymond Chandler, Ross MacDonald y muy especialmente Dashiell Hammett. Al hablar de esta novela de Rossello, la figura de Hammett es importante porque si ha habido una novela uruguaya cercana a la obra del escritor de Maryland sin lugar a dudas es ésta. La figura de Viñas, el investigador protagonista, un policía veterano, con un prontuario manchado y absolutamente amoral, recuerda inevitablemente al Ned Beaumont de Hammett, en La llave de cristal (1931), novela en la que Beaumont no tiene ningún tipo de escrúpulos.
La historia gira en torno a Viñas y a El Navaja, un menor fugado de la cárcel que está desestabilizando el orden de la sociedad con sus rapiñas violentas y homicidios y al cual Viñas debe asesinar siguiendo una orden de arriba. Desde el primer momento Viñas sabe que hay algo raro en ese pedido que no logra comprender. Esto ambienta el verdadero clima de la novela: tanto Viñas como El Navaja son víctimas de una sociedad y de un sistema que los mueve como marionetas a su gusto. Progresivamente Viñas irá comprendiendo este hecho e irá sintiendo cierta empatía con el criminal que persigue, pero no podrá evitar el destino que ambos parecen tener escrito. El poder que está detrás de todo ha cambiado y desconcierta al veterano Viñas, ya no se trata de una lucha político-ideológica como en la reciente dictadura en la que formó parte de la Dirección de Inteligencia, sino que el poder es económico, multinacional y sin cara visible. Este panorama nos ambienta perfectamente en la época en que esta novela se desarrolla y fue publicada. Los gobiernos de Collor de Mello en Brasil, Menem en Argentina y Lacalle en Uruguay habían consolidado el modelo neoliberal en la región. Este no solo se caracterizaba por una creciente corrupción e insignificancia de las leyes y las constituciones nacionales sino por el ascenso de un poder que superaba a los propios presidentes de las naciones y del que muchas veces fueron las víctimas, el poder narco-empresarial. En este sentido Trampa para ángeles de barro es, creo, la novela del Lacallismo en nuestro país.
Un tema muy bien tratado que toma especial importancia en el presente, es el tratamiento que hacen los medios de comunicación del problema de la delincuencia juvenil. En esta novela los medios contribuyen decisivamente a la creación de un enemigo público en la imagen de El Navaja, a quien lo definen como un monstruo que atormenta a la sociedad y debe morir porque ya no tiene solución. Esta manija permanente da sus frutos y la sociedad reclama una solución definitiva a este problema, lo que legitimaría el pedido ilegal y criminal que le han encomendado a Viñas.

Puertas adentro

En los últimos años, una gran parte de las novelas policiales uruguayas plantean una historia con personajes hastiados, en pueblos del interior donde supuestamente no pasa nada. En realidad el atractivo de estas novelas es que la acción se desarrolla en un lugar en el que justamente, porque no pasa nada, cuando pasa, es algo que cambia la vida del pueblo entero. Y al ser un lugar en el que parecería que las leyes no son necesarias, se transforma en un mundo en el que los justicieros y los códigos de convivencia son marcados por otros agentes. Estas historias de crímenes en tierra de nadie, donde la policía es un triste personaje secundario, tienen su punto alto en la obra de Hugo Fontana (claramente en su novela La última noche frente al río, 2006).
En Ya nadie vive en ciertos lugares, de Pedro Peña (San José, 1975), a esto se le suma un pueblo bastante misterioso, en que la soledad y el calor transforman todo en un mundo siniestro, ominoso (como en las películas de Lucrecia Martel o de Celina Murga) en donde detrás de la quietud habitan una infinidad de relatos subterráneos enigmáticos.
En esta novela se cuenta la historia de Agustín Flores, un escritor que vive del periodismo en un periódico de Montevideo, a quien le es encargado viajar al pueblo de Rafael Alsina a cubrir la noticia del aniversario de un cuádruple asesinato, del cual no se tiene aún ninguna pista. Evidentemente lo que desencadena su peripecia negativa es el componente que los pueblerinos consideran el peor defecto que un forastero puede cometer: la injerencia en asuntos que consideran deben quedar de puertas adentro.
En las primeras páginas, además de introducir en cuentagotas el problema de la novela, el narrador realiza un interesante desvío de la historia central en la que el personaje reflexiona sobre su oficio de periodista y el de escritor. Incluso parecería que el propio Peña insertara reflexiones sobre su propia vida y las hiciera interactuar con las de su personaje. Esta forma de introducir otro relato que no hace a la historia central, tan característico por ejemplo en los argentinos Washington Cucurto o César Aira, es una muy buena forma de oxigenar la narración y de romper con el relato unidireccional.
El problema es que luego estas reflexiones, dejan de ser interesantes, no sólo por la reiteración del recurso sino fundamentalmente porque muchos no son relatos atractivos en sí. Lo peor es que en un momento estas irrupciones, muchas veces escritas en una prosa excesivamente tradicional, invaden casi todo y asfixian a la historia central. Esto tan es así que hasta la cercanía de la página 100, esta historia no es más que una anécdota lateral que maquilla la mala relación de Flores con su jefe, las ganas de encamarse con Florencia P. (una groupie literaria), y la relación con su hija Manuela. La investigación propiamente dicha, las buenas vueltas de tuerca del problema y la acción aparecen fundamentalmente en las últimas 30 páginas, el tema es determinar si ya no es demasiado tarde y para ese entonces el globo de la historia no se pinchó.
Cuando la historia aparece hay una muy buena novela negra. Si bien hay composiciones de personajes que caen en mínimos lugares comunes, como los milicos de pueblo y el informante Alcides, figuras como el comisario, el cuidacoches Catrera y el propio Agustín Flores son seres con una complejidad y profundidad tal, que nadando en esa atmósfera tan extraña como lo es ese pueblo perdido en verano, generan una sensacion de extrañeza fundamental para que la historia genere curiosidad al lector, quien no solo debe poner de si para armar las piezas del rompecabezas del crimen sino que debe esforzarse en comprender por dónde va la cabeza de los personajes.
Por este motivo y porque el nudo de la intriga está bien anudado y atrae, esta novela es una importante novela del género en nuestra literatura. Queda sin resolver qué hubiera sido de esta novela si el autor no se hubiese distraído tanto con otros relatos de baja eficacia, y le hubiera dado más densidad a esta historia del cuádruple asesinato, de la que al final me quede con ganas de leer más.

Todos víctimas, todos culpables

En estos primeros tres títulos no podía faltar la novela de venganza. Componente fundamental de más de una joya del género, tanto en literatura como en cine, la venganza es el elemento que mueve esta preciosa maquinaria que es Sobre papel manila de Rodolfo Santullo (México D.F. 1979).
Dos asesinatos acontecidos tiempo atrás, una familia en busca de venganza, un grupo de ladrones que se odia entre sí, pero que a pesar de eso, vuelven a intentar un golpe, y un asesino a sueldo que no está con nadie más que consigo mismo, dan cuerpo a esta novela realmente interesante.
La historia, al igual que la novela de Peña, está ambientada en un pueblo perdido del interior del país, y como en aquella, la forma en que esta novela explota las características de ese tipo de localidades y de sus habitantes realza la historia y la sensación de enigma en torno a las acciones que acontecen.
La historia, principalmente en el primer capítulo, está contada de un modo muy clásico, de muy buen modo, al punto de parecer en varios pasajes un verdadero homenaje a los autores clásicos del género como Arthur Conan Doyle, G.K. Chesterton o S.S. Van Dine. Sin embargo, esta impronta clasicista se rompe por completo cuando Santullo opta por prescindir de una figura fundamental en el policial ortodoxo: el investigador. Si bien hay varias intrigas que resolver en los diferentes bandos, estos las van develando sobre la marcha y muchas veces sin haber hecho nada de sí por revelarlas. Con esta elección la novela gana en incertidumbre y la forma en que la verdad final nos es revelada lentamente demuestra un manejo formidable de los tiempos de la intriga por parte del narrador.
En este sentido, el segundo capítulo es una clase magistral de cómo soltar las piezas del rompecabezas lentamente, intercalando acciones de cada uno de los personajes involucrados y rompiendo la temporalidad narrativa y crear de ese modo una de las mejores piezas narrativas no solo de la literatura negra uruguaya sino de la literatura vernácula en general. Por otro lado el tercer capítulo continúa el estilo del segundo, de tal forma que cuando quedan solo un par de páginas para terminar la novela aún quedan cabos sueltos que parecen que nunca se van a resolver, cosa que por suerte no sucede.
Es muy interesante el hecho de que los supuestos victimarios de la novela, o sea, el grupo de delincuentes, se transformen al toque en víctimas. Además de odiarse todos entre si, y de desear cada uno, en menor o mayor medida, la muerte de sus otros compañeros, hay una cuestión que termina por enloquecerlos: alguien con pruebas en contra de ellos los chantajea, demuestra que sabe lo que hicieron y los hace entrar en un estado de paranoia y de mutua sospecha de traición que hace que nada salga como planearon. Santullo no trata este tema de modo solemne o extremadamente dramático sino que también parece divertirse, mostrando por momentos, más que delincuentes despiadados, fríos y calculadores, a verdaderos seres ineptos, miedosos, frágiles, al estilo de algunas películas de los hermanos Coen (Fargo, 1996, principalmente) o incluso de Woody Allen. Esto genera en el lector cierta simpatía por esos tipos que en realidad son asesinos y ladrones, pero que por momentos dan lástima. Con esta acción, y tomando un rumbo diferente del Hard Boiled norteamericano, las nociones de buenos y malos tambalean, pero no por ser todos malos, sino por ser todos seres extremadamente frágiles y desequilibrados.
Sobres papel manila es no solo una de las mejores novelas del género negro de nuestra literatura sino que se trata de una de las novelas más interesantes de los últimos años, escrita por un autor que desde hace un tiempo es un autor a tener muy en cuenta en la nueva narrativa uruguaya.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Che, Diego, te dejo mi blog y de ahí podés sacar mi correo. El mensaje que eliminé era sólo para saludarte y poca cosa más, así que lo saqué. Felicitaciones por la cartonera!!!

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