lunes, 11 de octubre de 2010

La nueva novela eterna

Hernán Ronsino. Glaxo, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009. 96 páginas
En los noventa, fundamentalmente en la poesía, pero también en la narrativa, la literatura argentina generó un cambio importante en relación con la literatura que los antecedía, la anterior forma de escribir, y las influencias o diálogos literarios. En la narrativa se terminó de consolidar o se retomó la recuperación de escritores híbridos como Walsh, Piglia, Saer y Arlt. Comenzaron a tomar peso las historias mínimas, el escenario de las acciones pasó de los ámbitos de clase media de Buenos Aires a las vidas y acciones de pueblos alejados de la capital, de seres marginales o anónimos. Nombres como Fabián Casas, Juan Martíni, Luis Chitarroni, Sergio Chejfec, entre otros, planteaban este nuevo panorama. Sin embargo, en la década siguiente, la situación fue cambiando progresivamente, la nueva narrativa dio un vuelco hacia lo íntimo, hacia una literatura de la subjetividad, implícita, e incluso para algunos críticos una tendencia a una literatura naif. El lugar de la acción volvió a las urbes o a la ex aristocracia del interior, devenida en decadente clase media. Las influencias variaron desde los nombres ya mencionados a Manuel Puig, Fogwill, César Aira, Hebe Uhart o Alberto Laiseca. Quizás en el cine argentino también se haya dado este pasaje, en que la película paradigmática del primer estado sea Historias mínimas de Carlos Sorín, y la del segundo estado La ciénaga de Lucrecia Martel, a pesar de que están muy cercanas en el tiempo. En estos últimos años el panorama ha variado pero no de un modo tan marcado como para plantear la caída del paradigma vigente. Por ese motivo la obra de Hernán Ronsino (Chivilcoy, ,1975) es un rara avis dentro de este panorama, su última nouvelle, Glaxo, profundiza esta apreciación.
Glaxo es una novela corta que versa sobre temas universales y de todos los tiempos. Es una historia de venganza, traición, infidelidad, honor y muerte. Transcurre lentamente en un paraje perdido de la Pampa argentina, que queda más aislado aún, cuando el tren deja de pasar, pero que a pesar de ese aislamiento Buenos Aires, sigue estando ahí y determina los ritmos del lugar. La historia la cuentan, en cuatro momentos diferentes (1959, 1966, 1973, 1984), cuatro personajes distintos. De ritmo lento, pero no soporífero, la narrativa de Ronsino más que aburrida es calma, la información se da en cuentagotas pero cuando la novela termina, todos los datos importante fueron mencionados. A simple vista parecería que la historia que se cuenta es una sola, pero si bien es cierto que el núcleo duro de la novela es un hecho determinado, cada personaje tiene su historia personal que detrás de una simpleza aparente tiene una profundidad y complejidad enorme que el narrador sabe exponer en cada frase. La venganza y el desenlace se va armando lenta pero inexorablemente, con una tranquilidad similar a la del italiano Alessandro Baricco en esa obra corta pero potente que se titula Sin sangre.
Hay una referencia ineludible con la que dialoga Glaxo y que aparece ya en el epígrafe. La obra se abre con un fragmento de Operación Masacre de Rodolfo Walsh. Esta referencia no plantea solamente la presencia de la narrativa de Walsh en la prosa de Ronsino, la cual es evidente sobre todo en el estilo seco, conciso, de frases cortas y con estructura sintáctica clara, a lo norteamericano, sino de otro modo más directo que realmente está realizado de muy buena manera y es un ejercicio muy atractivo. Uno de los personajes de Glaxo es un personaje salido de la historia relatada por Walsh de los fusilamientos de militantes peronistas en la localidad de José León Suárez en 1955, el autor elige seguir a un personaje que en la novela testimonio de Walsh desaparece a la mitad del proceso. De hecho, en la acción de la novela de Ronsino, que transcurre a fines de la década del 50, el contexto de la llamada Revolución Libertadora, ese estado de venganza y violencia, es decisivo para explicar, aún el ambiente de un paraje alejado como el de la novela.
Esta nueva novela de Ronsino, contribuye a lo que podría ser la creación de un mundo propio del autor. Glaxo comparte el lugar y los personajes, e incluso el pasado con la primer novela del autor, la justamente celebrada y también extraña en su tiempo La descomposición (2007). Pero lo que en ésta era información y verborragia, en Glaxo es sutileza, aparente simpleza. Sin embargo comparte ese mundo de tragedia clásica, donde el destino es inevitable y los héroes no tienen más opción que aceptarlo. Las dos novelas comparten, a diferencia de las novelas contemporáneas argentinas, más vínculo con las influencias de los 90 (fundamentalmente con Walsh, Saer y también Haroldo Conti), que con las nuevas influencias.
Glaxo es una novela interesantísima, que si bien no aporta cosas nuevas en cuanto a la forma en que está escrita, o incluso en los temas que toca, cuenta una historia atractiva, de muy buena manera, con una prosa disfrutable, que hace protagonista de la creación de sentidos al lector pero sin estresarlo con una propuesta hermética. Pero quizás lo más importante sea la forma en que el autor se aparta de la nueva tendencia de la actual narrativa argentina, para volver a un estado anterior y para dialogar con viejos autores que se apartan de la literatura cool de hoy, haciendo una obra de los márgenes pero sin necesidad de caer en el pintoresquismo, sino ambientando la acción en aquellos personajes que no tienen una marginalidad económica sino que su marginalidad corre más por el lado del aislamiento y la no adaptación a una globalización igualadora. A riesgo de ser considerado anacrónico, Ronsino, al mejor estilo de Horacio Cavallo en nuestro país, cuenta historias sobre seres que parecerían no tener nada que contar en nuestro tiempo, pero que justamente, al no ser seres de novela sino seres llenos de vida, cargan con una profundidad, un pasado, miedos, sueños y fantasmas que hacen que las historias con estos personajes sigan siendo, no solo posibles, sino necesarias.

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