jueves, 18 de febrero de 2010

...pero no seguirte el vuelo. 20 años de la muerte de Zitarrosa


Artículo publicado en el número 1 de Caracú (http://www.revistacaracu.blogspot.com/) , Marzo 2009.

Hace veinte años, una peritonitis de mesenterio, una casi desconocida hoja peritoneal que fija el intestino, se llevó la vida del cantor más importante de nuestro pequeño país. El 17 de enero de 1989, con la muerte de Alfredo Zitarrosa, comenzaba una época tristísima para la cultura uruguaya, dos meses después moriría Jorge Lazaroff, un año después, Eduardo Mateo. Comenzaba también una enigmática presencia constante del legado de Zitarrosa en la cultura uruguaya.
Con respecto a Zitarrosa sucede algo similar a lo que escribía el gran poeta Salvador Puig en una poesía al Che Guevara, “las palabras no entienden lo que pasa”. Mucho se ha escrito sobre él, varias biografías, artículos recordatorios, poemas, canciones, pero todo con la misma limitación, ningún texto sirve para aproximarse realmente a lo que su obra significó y significa. No basta siquiera que el texto sea escrito por familiares, amigos, o músicos que lo acompañaron, todos se topan con la imposibilidad de atraparlo, de definirlo, de etiquetarlo, de transformar ese lenguaje único en palabras. Como si quisiéramos llegar al sol, que a medida que nos acercamos nos va quemando y encandilando, como acercarse a un agujero negro que cuanto más de cerca lo vemos más misterioso se nos vuelve. Zitarrosa es, sin lugar a dudas, el mayor misterio de la cultura uruguaya.
Un día, un locutor uruguayo de El Espectador, admirador de Onetti, Beethoven, Basso Maglio, y Gardel, poeta oscuro, engominado como el mago, se pone a cantar en Perú. Canta milongas, valsecitos, zambas, pero con un estilo entre tanguero y del cante jondo, acompañando su convicción de no cantar bien con un gesto de disgusto en su cara. Esa conjunción de diversidad, de energías dispares, todas las luces que derivan en un punto y salen como una voz, se vuelve rápidamente un aire familiar entre la gente.
Comunista declarado, en los sesenta y años sucesivos, no toma el rumbo que muchos eligen. Si bien sabe que es tiempo de endurecer el discurso, y a excepción de sus contrapuntos (muchos escritos contra Pacheco Areco, otros celebrando la fundación del Frente Amplio), evita caer en la prédica política lisa y directa, no subestima a su público, no deja de escribir sobre el amor, sobre la vida, sobre el oficio de cantor. No se transforma en un típico producto de su época. En el exilio siente morir su alma, y quizás eso contribuye a que su poesía se torne más oscura, más dolida, pero es donde alcanza su punto más alto. En ese sentido creo que nunca se va a escribir, a estudiar, a contemplar lo suficiente creaciones como la insuperable Guitarra Negra.
Al volver, con el rango de maestro, que no comparte, encuentra la devastadora situación de la cultura uruguaya: una dictadura que generó un medioevo artístico, que borró una generación, justo la que tendría que haber estado en primera fila para la recuperación.
Luego su muerte, ¿y después? Quizás este sea uno de los puntos más problemáticos del misterio Zitarrosa. ¿Cuál es su legado? ¿Existe? ¿Quién lo continuó?
El dúo Larbanois Carrero, con quien estaba grabando un tema cuando falleció, El hibisco, ha tomado de algún modo cierta bandera musical alfrediana, aunque quizás no ahondaron en la milonga con la profundidad con que Zitarrosa lo había hecho.
En cuanto a su poesía, seguramente sea Eduardo Darnauchans quien más se aproximó a esa poesía entre gótica, campestre y montevideana, entre Baudelaire y Onetti, entre Yupanqui y Edgar Allan Poe. Pero es sabido que Darnauchans también fue un pez difícil de atrapar, por lo cual, dada su inquietud, no se quedó quieto al lado de la luz alfrediana.
Sobre su canto, cero. Nadie se ha querido hacer cargo de ese fardo, de esa herencia tan pesada. Como me decía mi abuelo sobre los cantores de tango que imitaban el canto gardeliano, “para escuchar a tipos que cantan como Gardel, escucho a Gardel, y listo”. De la misma manera, y a pesar de que en algún momento se quiso vender a Pablo Estramín como la nueva voz Zitarrosa, nadie ha podido resistir la fuerte presencia de aquella voz en el paisaje sonoro rioplatense, de hecho luego Estramín también prefirió seguir un camino propio.
Con respecto a sus guitarristas, quienes luego formaron El Cuarteto, resulta una experiencia sumamente emocionante escuchar esas guitarras con esa forma de tocar tan especial, pero quizás también han padecido la gran ausencia que significa esa Voz.
Jaime Roos ha grabado El loco Antonio, pero dándole un giro sumamente personal, no recuperando casi nada de la esencia de Zitarrosa. Lo mismo sucede con La vela puerca y el tema De no olvidar (De bichos y flores). Con el que ocurre una situación algo diferente es con Jorge Drexler, quien desde hace unos años parece decidido a recuperar el tono de las zambas alfredianas, y lo ha conseguido con notable resultado, fundamentalmente en Zamba del olvido (del disco Vaivén) y Alto el fuego (Frontera). No es extraño entonces que en su último disco Cara B, haya grabado dos temas de Zitarrosa, Milonga de ojos dorados y Zamba por vos. El acierto mayor de Drexler quizás sea el de penetrar en la energía de las zambas de Zitarrosa, y no en su caparazón, no tomar lo anecdótico o superficial sino las sutilezas esenciales de esas zambas. Y a pesar de cantar en un registro diferente al de éste, rasgo que mucha gente le ha cuestionado, no parece achicarse y eso también se nota en la música y en la convicción con que realiza su recuperación del legado Z.
Con respecto a Jorge Nasser, el tema es delicado. Resulta muy difícil, de un tipo que graba con las guitarras de Zitarrosa, que titula casi todos sus discos usando la palabra milonga, y quien cuenta con un aparato publicitario pesado que nos quiere convencer de lo contrario, afirmar que en definitiva es tan continuador de la obra del cantor uruguayo como Soledad Pastorutti lo es de la de Atahualpa Yupanqui. Ha tomado todo lo accesorio, digamos, el envase de la obra de aquel para, previo paso de agregarle unas guitarras eléctricas, una estética de cowboy artiguista y un exceso en el uso del concepto de milonga, para de algún modo autoproclamarse el “Zitarrosa del nuevo milenio”.
Repasar los veinte años que nos separan de la muerte de Alfredo Zitarrosa, arroja más preguntas que respuestas. Si nadie se ha hecho cargo de su herencia, ¿cuál fue el motivo? ¿Habrá dejado efectivamente un legado, un camino a seguir? Yo creo que sí, pero el problema es otro. No por falta de artistas talentosos, o por ausencia de interesados en seguir su camino, es que nadie ha agarrado su antorcha, sino por la imposibilidad de siquiera acercarse a ella, esencia inquieta, energía movediza, proveniente de seres extraordinarios, excepcionales, de los que nacen uno cada tanto, hijos y gestores de una época.
Artistas que enseñan a volar pero no a seguirles el vuelo. Del mismo modo nadie ha recogido realmente la bandera de Gardel, The Beatles, o Jorge Lazaroff. Son seres con una doble condición que pocos mortales tienen: la capacidad de hacer actuar simultáneamente, el presente que viven y el no tiempo, la eternidad

1 comentario:

  1. interesantisimo todo lo vertido, abrazo desde argentina, que lindos son los uruguayos! arriba!

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