sábado, 28 de noviembre de 2009

Salir del Garaje. Medio siglo de la muerte de Alfredo Mario Ferreiro


Comúnmente se ha cometido el error de creer que las vanguardias artísticas de principios del siglo pasado no tuvieron una clara repercusión en las letras locales. Sin embargo, desde los años sesenta se ha comenzado con una importante, aunque escasa tarea de indagar en el pasado, la presencia de cultores de los preceptos artísticos de los ismos europeos. Gracias a esa tarea, y considerando a lo largo de las épocas los nombres de Juan Parra del Riego, Vicente Basso Maglio, Gervasio Guillot Muñoz, Carlos Sabat Ercasty, Ildefonso Pereda Valdes, Federico Morador, José Parrilla, Raúl Zaffaroni, Mendilaharsu, nadie puede hablar de una ausencia de expresiones relacionadas con las vanguardias, si no de una vanguardia que se manifestó quizás unos años mas tarde que en otros países.
Con respecto al futurismo, hay dos hechos que determinan que esta corriente tuvo más impacto en nuestro país del que comúnmente se cree. En primer lugar la repercusión que tuvo la visita de Marinetti a Montevideo, donde habló ante un teatro Artigas colmado de jóvenes seguidores. En segundo lugar el año 1927, y en particular tres tomos de poesía con tendencia futurista: Palacio Salvo, de Juvenal Ortiz Saralegui, Paracaídas de Enrique Ricardo Garet, y fundamentalmente El hombre que se comió un autobús de Alfredo Mario Ferreiro.
Ferreiro sólo publicó dos libros de poesía y unos cuantos (muchos de ellos importantes) artículos en medios de la época como el diario La razón, y las revistas La cruz del Sur, Cartel (la cual dirigió con Julio Sigüenza) y los impresionantes textos publicados en Vida Femenina a partir de 1927. Luego de su segundo libro, aparecido el año en que Uruguay ganaba su primera copa mundial de fútbol, su presencia pública se fue haciendo cada vez más esporádica hasta su muerte casi ignorada en 1959.
A 50 años del fallecimiento de este escritor imprescindible para ver los años 20 de nuestra cultura desde otra óptica, intentemos tirar algunas líneas que ubiquen a Ferreiro en el lugar de visibilidad donde debería estar dada su importancia capital en el proceso de la historia de nuestra literatura.

Arranque

La poesía de Ferreiro, contiene rasgos claramente emparentados a la poesía futurista, la celebración de la máquina, cierto culto a la tecnología y a las grandes ciudades modernizadas, o la transferencia del concepto de belleza desde los clásicos lugares (el cisne, la luna, los cabellos de una doncella) a otros un tanto atípicos (un automóvil Ford, las grúas del puerto, las luces de neón, los trolleys, el Palacio Salvo). Pero la forma en que su poesía se desarrolla contribuye tanto para emparentarla a las creaciones futuristas como para alejarla de ella. Porque en Ferreiro hay una dinámica que escapa a los dogmas, una vitalidad que el futurismo no encontraba, y es que esta poesía nunca olvida que quienes conviven con las máquinas, en esas ciudades babélicas, al fin y al cabo, es el ser humano. Justamente como el acento está puesto en última instancia en la vida humana, Ferreiro realiza ese impresionante vaivén entre la celebración lúdica de las máquinas y la modernidad, y el sufrimiento que provoca una ciudad robotizada, que llora lágrimas de aceite de autos y respira óxido y humo.
En El hombre que se comió un autobús (poemas con olor a nafta), el poeta es un testigo asombrado de la vida animada de las máquinas y las grandes urbes. Mientras los observa vivir como cualquier humano, el poeta juega con ellas, se cambian los papeles por un rato, las máquinas tienen vida y sentimientos mientras que el poeta se vuelve máquina. Todo es un simulacro placentero, pero Ferreiro trae mensajes de esos momentos en que pasa al otro lado, en que nos ve desde afuera, y es que siempre está el riesgo latente de que las ciudades se vuelvan lugares inhabitables, donde la vida no es posible.
El juego del poeta comprende todos los aspectos de la poesía, desde la forma, escapando de la rima o usándola humorísticamente, del verso tradicional, y usando los versos como dibujos, hasta el contenido, incluyendo números y cálculos matemáticos, marcas de autos, metáforas increíbles, y hasta sonidos onomatopéyicos como en Tren en marcha. En el final, el poeta incluye el itinerario del ómnibus que maneja y las posibles combinaciones que expide, que no son más que obras de otros escritores con las que Ferreiro emparenta su obra.

Tractor

Por otro lado uno de los aspectos a destacar de este libro es la forma en que Ferreiro logra superar el criollismo, o al menos su faceta folclórica tradicionalista de exaltación campestre contra la que tanto lucharon los nuevos en esos años. En El hombre... promediando la mitad del poemario, Ferreiro incluye unas cuantas poesías con motivos campestres, con temas rurales. Sin embargo, demuestra con el tratamiento que realiza sobre esas temáticas cuál es el camino que debe seguir la nueva literatura para superar ese criollismo folclórico. En primer lugar, evitar la idealización de lo rural, poniéndola en un mismo plano con las ciudades. En segundo término, utilizando los recursos propuestos por la poesía vanguardista de esos años, demostrando que se puede hacer una poesía campera que no padezca de formas arcaicas. Sin embargo tampoco se niega a usar lugares comunes o menciones típicas de la lírica gauchesca, es así que al lograr emplear el arado, los potros, y hasta algunos rasgos de la oralidad gauchesca para construir una poesía nueva plantea la futilidad de la cuestión maniquea entre el nativismo y el cosmopolitismo.
Se trata de su versión de lo que debería ser la superación del criollismo, sin ser criollista y sin obligarse a no serlo. El poeta se planta en otro lado, visto de este modo es incorrecta la afirmación de Cayota quien sostiene que Ferreiro en realidad es un poeta nativista ultraísta.


Pasamanos

Con Se ruega no dar la mano. Poemas profilácticos a base de imágenes esmeriladas, su segundo libro de poesía, publicado en 1930, Ferreiro se despide de sus lectores. Esta negativa a seguir publicando está explícita en las primeras páginas del libro, dice Ferreiro en una suerte de prólogo: “Este libro –mi segundo y último libro- solo pretende demostrar una cosa: que puede haber dos sin tres” Y más adelante: “Coloco hoy mi segundo piso. He cumplido con la servidumbre de altura obligatoria en la Avenida de los Nuevos, y anuncio que mi solar –con todas las mejoras que contiene- está de remate”.
Este segundo y último libro, lleva a fondo la particular visión que del futurismo intenta Ferreiro. Nuevamente aparecen las máquinas, las ciudades como protagonistas con vida propia, pero hay un enfoque más nítido al lugar del ser humano en ese mundo. Esto realizado sin caer nunca en lo filosófico, en el pesimismo, o en la cursilería de oponer lo bucólico puro y perfecto a lo urbano corrompido y nocivo. Nada de eso. En este libro, al igual que en el anterior, lo que hay es un poeta jugando, un niño que juega con las máquinas y se deja ser jugado por ellas, porque hablan el mismo idioma. Pero esta mirada casi infantil, lejos está de ser ingenua, al contrario, difícilmente encontremos en los discursos de aquella época (y tal vez tampoco ahora), tal lucidez para captar el fenómeno de la modernización y el imperio de la tecnología sin ningún tipo de excesivo dramatismo ni de celebración superficial. Como si las máquinas y las ciudades fuesen objetos con vida pero sin maldad intrínseca, Ferreiro deja abierta la puerta a la reflexión de que sin lugar a dudas la tecnología no es más que lo que el ser humano hace con ella. Sin la intervención del ser humano, las máquinas juegan, se enamoran, saludan a los transeúntes, se ponen tristes, pero jamás se alimentan de carne humana.
Se ruega... quizás sea una superación de lo estrictamente lúdico del poeta y las máquinas y una recuperación de la naturaleza y los sentimientos. Como si quisiera dejar constancia de que su poesía plantea otra cosa que no es exclusivamente futurista. Las máquinas están ahí y siempre estarán (cada vez más), pero en el fondo la poesía siempre es otra cosa.
A su vez, este segundo libro es en el cual Ferreiro despliega su humor con total libertad, el cual puede ser absurdo y casi infantil (“Los sonetos son...etos”), o sutil, por ejemplo en los prólogos o los textos informativos sobre la edición. Se despide con humor, burlándose no solo del ambiente literario sino de si mismo.

Furgón

Hasta la década del 60’ Alfredo Mario Ferreiro y su poesía eran conocidos por muy poca gente y tendiendo a caer progresivamente en el olvido. Hacia finales de la década, más precisamente en 1969, la Enciclopedia Uruguaya, reedita el primer libro de Ferreiro. Fueron los jóvenes quienes también contribuyeron a la recuperación de su obra, sobre todo en la revista Los huevos del Plata, dirigida por (). Lo más celebrado por este grupo era el ya mencionado carácter lúdico de la poesía de Ferreiro. Esta tarea de algún modo contó años después con la continuación por parte del grupo de Ediciones de Uno, y posteriormente por la reedición fundamental en 1998 de El hombre que se comió un autobús, en la colección de Socio Espectacular de Banda Oriental con un completo prólogo de Pablo Rocca. Este mismo investigador recogió la obra crítica de Ferreiro, la cual fue publicada por el suplemento Insomnia de Postdata en el año 2000. En cuanto a la labor académica con respecto a Ferreiro, en los últimos años se dedicaron trabajos significativos sobre la materia por parte de Hugo Achugar, Jorge Schwartz, Raúl Antelo, Guillermo Giucci y Nicolás Gropp.
Pero más allá de estos rescates, la obra de Ferreiro, medio siglo después de su muerte sigue siendo un placer al que pocos acceden, ya sea por desconocimiento o por la indiferencia que aún se tiene por parte de la crítica y de las editoriales por su obra. Se ruega no dar la mano nunca fue reeditado. Ahora que se cumple una fecha exacta de la desaparición de un escritor, y antes de que a algún iluminado se le ocurra la inadecuada idea de hacer un monumento de mármol o de bronce, no sería mala idea homenajearlo del modo que prefieren los artistas, posibilitando el contacto de su obra con el lector. Al fin y al cabo siempre es algo que vale la pena, sacar el viejo Ford del garage, limpiarle el polvo, encenderlo y recuperar ese viejo ruido, y sentir el dolor de ser un auto viejo, pero también el de ser una máquina perfecta, puro juego, pura poesía.

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