sábado, 28 de noviembre de 2009

El pasado de la muerte


Ya se ha hecho una frase tradicional la que dice que quien mucho abarca poco aprieta. En términos artísticos, y salvo excepciones como la de Leonardo da Vinci, esa vieja frase parece estar en lo cierto, pues aquellos que intentan ser artistas totales o terminan privilegiando una de las actividades que es la que realizan de mejor modo o privilegian todas y todas las realizan con un muy bajo nivel.
El imaginario colectivo también reproduce una idea sobre las muertes tempranas. Aquellos que mueren a una temprana edad sabrían en lo más profundo de su ser, o lo sentirían de modo inexplicable, que deben vivir la vida más rápido que los demás porque el tiempo que les queda es poco. Como que tuvieran un sexto sentido tanático que los lleva a crear para ganarle a la muerte. Son múltiples los casos de artistas que habiendo muerto jóvenes dejaron una producción artística muy numerosa y de un nivel que no es fácil lograr en tan pocos años de creación.
Cómo podemos aplicar todas las nociones del imaginario colectivo manejadas anteriormente para una vida como la de Ibero Gutiérrez, artista multifacético, con facetas de un arte rara avis, adelantado unos años con respecto a sus compatriotas en cuanto a determinadas corrientes artísticas, asesinado salvajemente por el Escuadrón de la muerte cuando tenía solo 22 años.
Con motivo del 60º aniversario de su nacimiento se han montado tres exposiciones simultáneas sobre diferentes aspectos de su producción y la editorial Estuario ha publicado un tomo con la mayor parte de su obra poética titulado Obra junta. Este libro es el resultado de un trabajo de recopilación del numeroso material que dejó Gutiérrez, realizado por Luís Bravo y Laura Oreggioni. Si bien no se trata de la totalidad de su obra significa una buena antología para rastrear los caminos que el poeta fue siguiendo, las búsquedas en las que se embarcó, las preguntas que se iba realizando.

Nada es real
Las primeras poesías que aparecen en esta antología datan de 1966, o sea entre los 16 y 17 años del poeta, edad que puede derivar a un prejuicio sobre la idea formada ante un autor de esa edad que en realidad no se ajusta a la creación de Gutiérrez. Es que sin ser un niño prodigio, el bagaje cultural con que contaba el poeta a esa edad (que queda documentado en su diario personal, exhibido en la Facultad de Artes) es diferente con respecto al adolescente promedio. Las primeras poesías están muy influenciadas por Rimbaud, los surrealistas franceses, y la corriente del absurdo, muy especialmente Ionesco. Se trata de una poesía intimista muy cargada de ironía. Progresivamente se ve como preponderante la presencia del erotismo, el cual en los primeros poemas se sobreintelectualiza (rasgo de la época, sobre todo en el cine europeo), pasando poco a poco a cierta simpleza (excelente en La oblea férrea) con el correr de los años. Todo esto responde a la sencilla razón de que más allá de la formación cultural general y del bagaje que traía encima, superior al de un joven de su edad, Ibero no era más que un adolescente, muy alejado por cierto a un niño prodigio. Se trata de una edad donde se suele imitar (aunque lo neguemos) a los creadores admirados, pero tomando lo que primero nos llega de ellos, o sea, lo más superficial, lo más obvio. Eso queda claro en estas primeras poesías de Ibero, donde el erotismo está muy calcado de la visión del sexo que daban las películas de Bergman, por ejemplo. Con respecto al lenguaje pasa lo mismo, el poeta intenta tomar al lenguaje como materia para llevar a cabo juegos ingeniosos, y si bien lo logra en más de una ocasión, por lo general los recursos para extrañar al lector son previsibles y pierden fuerza. Este problema (que en realidad no es tal) lo solucionará muy rápidamente, en la medida en que fue madurando como poeta y encuentra (esto si de modo precoz) un camino propio. Incluso esta maduración se puede ver en la segunda sección de la antología, que reúne poemas sueltos de diferentes épocas.
Luego de esta primera etapa, es que comienzan a tomar más cuerpo las poesías de contenido social, más politizadas. Sin embargo en secciones como Introducción al mundo, o Los mundos contiguos, lo político está matizado y no aparece de modo directo, sino influyendo en todos los otros órdenes de la vida: la situación política influye en el día a día, en el arte, en el sexo. Hasta que se produce su viaje a Cuba, que dota al poeta de otra esperanza o al menos de otro optimismo, sus poesías van a ser de tono apocalíptico, no es posible el buen amor, no es posible ser feliz.
Su viaje a París en 1969 parece reavivar en su poesía una llama que hasta ese momento aparecía tibia y es esa especie de futurismo beatnik psicodélico, del que seguramente Ibero haya sido el primer exponente de importancia en nuestro país. Este detalle queda sumamente claro en las pinturas de esos años que actualmente están siendo expuestas en la Biblioteca Nacional, donde Ibero lleva a fondo su estética psicodélica, decisivamente influidas por la estética beatle de Yellow Submarine. De hecho muchas de esas pinturas reproducen títulos de canciones de los Beatles como Lady Madonna, Lucy in the Sky with diamonds, o frases representativas como el Nada es real de Strawberry fields forever. Esta serie, titulada Cebolla de vidrio, significa una de las primeras incursiones en universo psicodélico pop por parte de artistas uruguayos, años antes que Casterán, o Cristiani, simultáneamente al pop del argentino Jorge de la Vega. En ese sentido sus otras pinturas parecen dialogar con las obras realizadas en esos años, desde la abstracción de Nelson Ramos en Uruguay, hasta la del grupo Nueva Figuración de Argentina.
Estas búsquedas estéticas quedan plasmadas perfectamente en sus obras de la serie Impronta (1970) en donde fusiona imagen y texto, a través del collage.
Pero no todo en Paris era una fiesta. Las creaciones realizadas en esa ciudad también contenían una rara tristeza. Reflejaban cierto vacío de la época, cierta frialdad en las relaciones humanas. De algún modo, la maquinización creciente está muy presente en Paris Flash, Cibernética, e incluso en Eros Termonuclear. Ibero no veía con buenos ojos el avance de la tecnología política, es decir ese progreso en nombre del capitalismo que por esos años comenzaba a transformarse en un monstruo inconmensurable, con la gran excusa de la Guerra Fría. Los seres humanos y sus valores han quedado desplazados por los preceptos de la revolución tecnológica, que intenta robotizar los vínculos, alienar a seres desprotegidos. Cierto rechazo de lo artificial esta claramente expresado en una de las mejores secciones de su poesía, la excelente A raíz de las entrañas. De algún modo esa melancolía, esa soledad que siente el hombre en las urbes, están claramente reflejadas en las fotografías que Ibero sacó en ese viaje (expuestas en el Museo de la Memoria) donde se ven seres solitarios, que quedan pequeños ante la enormidad de las ciudades y de la nieve que lo invade todo. Estas fotos indudablemente llevan la marca de la Nouvelle Vague y de los contrastes del cine clásico de Hollywood, pero sobre todo de los directores franceses contemporáneos.

Intimidades colectivas
Detrás (o delante) de todo el arte de Ibero había una voluntad de transformar la sociedad que internacionalmente se resquebrajaba y que en lo local además significaba el comienzo de una barbarie que transformó el país en un lugar deshumanizado donde la vida humana y todas sus características más ricas fue despreciada. Ante esa realidad, y ante un enemigo con poder, como lo tenía Pacheco Areco, Ibero combatió de forma directa (su militancia en organizaciones estudiantiles), y más indirectamente a través de su arte que nunca cayó en el panfleto liso y llano sino que mantuvo la búsqueda estética y la profundidad artística hasta en momentos en que era muy dificultoso aguantarse de no decir las cosas directamente.
Más allá de su poesía, lo más llamativo es la forma en que Ibero cuestionó este estado de situación a través del humor. En el sótano del Museo de la Memoria están expuestos sus dibujos humorísticos con los cuales también intenta desacomodar un poco al poder opresor. El modo en que lo hace es muy eficaz y no es ni más ni menos que poniendo en duda el carácter grandioso y divino, cuasi romano, que pretendió enarbolarse Pacheco. Al igual que Berlusconi en el día de hoy, Pacheco pretendía mostrarse grandioso, elegante, valiente, paternal, implacable, justo, varonil, divino. Sin embargo Ibero, en la serie titulada Makinatto, muestra gobernantes gordos, fofos, en actitudes infantiles o “indignas” para un semidiós, cuestionando el carácter de macho y los cánones varoniles al representarlos con penes minúsculos, casi inservibles.
En su poesía, por su parte, hay un intento de desarmar el orden haciendo preguntas constantes, a las que les busca respuestas aún más enigmáticas que las mismas preguntas. En este sentido no hay que olvidar la influencia que el existencialismo de Jean Paul Sartre tuvo en toda la juventud latinoamericana por esos años. Tampoco es un detalle menor que Ibero haya estado en Paris un año después de la revuelta obrero-estudiantil de 1968.
Hay además una clara intención de asociar arte y vida. No solo en lo relacionado a la actividad política del poeta sino desde un punto de vista más espiritual digamos. No creo que se trate tanto de un hallazgo filosófico como de una sensación que se respiraba o de la inminencia de un nuevo arte: había que salir del lugar del artista intocable, impoluto. No en vano su diario personal de los primeros años de la adolescencia está escrito más en clave pública que privada, es decir, está escrito para ser leído por un otro. Esto puede ser un detalle menor o no, puede ser una casualidad o no, puede ser un simple detalle de estilo o la voluntad de unir la intimidad del artista con lo más público y colectivo de la comunidad que integra.

Apretar lo abarcable (o viceversa)
Su asesinato significó no solo la comprobación del estado de enfermedad mental al que puede llegar el ser humano (determinado tipo de ser humano), sino el adelanto de la crueldad de los años que vendrían. Su catalogación como mártir estudiantil muchas veces vació de contenido lo que fue: un ser humano como todos nosotros que además era un gran artista. Muchas veces he escuchado personas sorprendidas por lo bien que escribía Ibero Gutiérrez como si el pertenecer a la categoría de asesinado, o de mártir hiciera que importara únicamente su muerte y no todo lo que había sucedido antes en esa vida, el pasado de la muerte. Ya es hora de empezar a tomar a Ibero también como un artista a tener cuenta.
Además de los investigadores que crearon esta antología, no son muchos los estudios relacionados con su obra. Poco después de su asesinato Hugo Alfaro publicó en Marcha un artículo, al que siguieron otro de Mario Benedetti años después, quien también incluyó a Ibero en la antología Poesía Trunca (Casa de las Américas, 1977) realizada en Cuba, país donde se han registrado otros estudios sobre la obra de Gutiérrez.
Dada la ausencia de un debate o de un análisis profundo de la obra de este poeta, quien no es únicamente un mártir estudiantil sino un excelente artista que abarcó y apretó mucho y tuvo una vida artística que superó ampliamente los 22 años, esta antología, y las exposiciones que aún permanecen montadas en la Biblioteca Nacional, la Facultad de Artes y el Museo de la Memoria, sirven como posible inicio del estudio de un artista fundamental en la historia cultural de nuestro país, un nuevo ejemplo de la aberración que asoló este país durante años (que ahora se nos da además por legitimar), pero también como ejemplo de lo fácil que parecemos olvidar los dos puntos anteriores.






Ibero Gutierrez. Obra junta (1966-1972). Antología: Laura Oreggioni y Luís Bravo, Montevideo, Estuario, 2009. 212 páginas.




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