viernes, 28 de agosto de 2009

Reencuentro de los bordes

Juan Sasturain. Manual de Perdedores, Barcelona, Ediciones B, 1988. 405 páginas.

a) Es cierto, desde hace un tiempo ya que no se considera a la novela negra como un género marginal. Primero la sofisticación que le dieron Borges y Bioy, a través de los cuentos de Bustos Domecq, la colección Séptimo Círculo de Emecé, y las sucesivas canonizaciones a las que han sido sometidas en los últimos años las obras de Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, en nuestras latitudes, y Hammett, Chandler, Henning Mankell, Camilleri, Vázquez Montalbán, entre otros en el resto del Mundo. Hoy a nadie se le ocurriría decir que la novela policial es un género marginal. Pero, está bien que olvide tan drásticamente sus raíces marginales?

b) El tango. Ya no hablamos de aquel ritmo absolutamente orillero y border que se bailaba en los arrabales y barrios bajos de las ciudades. Y otra vez, al señorito Borges un día se le ocurrió rescatar el tango y sumar una de las primeras voces cultas a favor de la milonga. Si bien no fue el precursor de este acercamiento, y a pesar de que su acercamiento se trató de un rescate bastante impostado, la defensa de Borges deparó al tango un progresivo camino de legitimación culta. Hoy se baila en Japón, lo baila mal Al Pacino en Perfume de Mujer, y hasta resulta una máscara turística que le permite a una ciudad como Buenos Aires vivir de su rótulo de capital del tango. Pero, está bien que olvide tan drásticamente sus raíces marginales?

Hace unos años, Juan Sasturain escribió una novela policial absolutamente bonaerense, donde hay tango, fútbol, cafetines y crímenes, pero con la audaz apuesta de volver a reencontrar para hacer interactuar, el primitivo carácter marginal de todas esas expresiones. La novela se llama Manual de Perdedores, y se trata de la primer novela del escritor argentino.
Para este propósito Sasturain cuenta con una ventaja, fruto de sus otras actividades, ya que también ha estado involucrado con la historieta y el cómic, siendo integrante de las revistas SuperHum®, Feriado Nacional y Fierro, y guionando Perramus con dibujos de Alberto Breccia y Museo, con Patricia Breccia como dibujante. Este dato hay que sacarlo de la actualidad, cuando no se podría hablar de la historieta como expresión marginal ni mucho menos, para llevarlo a los años de publicación de esta novela (entre 1982 y 1987), cuando aún en el Río de la Plata, no habían terminado de legitimarse las expresiones gráficas.
Debe de haber muy pocas novelas negras tan bonaerenses como ésta. Porque más allá de la historia de Etchenaik, un veterano jubilado de la policía que junto al gallego Tony, un mozo de bar, montan una agencia de investigaciones privadas, y del (o los) caso (s) en el (los) que entran, y más allá de que la novela se ambiente enteramente en Capital y Provincia de Buenos Aires, lo que la hace más bonaerense que nada es el aire que se respira, la forma en que está escrita, la psicología (uso este término tan inexacto por carencia de otro)de los personajes, que no pueden negar que llevan consigo el alma del lugar en el que viven. Y no se trata de una identificación artificial con la ciudad, como se puede encontrar en obras netamente turísticas que tienen un porteñismo de mampostería, sino de la relación carnal, de amor y de espanto, absolutamente imperceptible de un hombre con su entorno. Salvando las enormes distancias, el otro día miraba Los simuladores, en su versión mexicana y más allá de que parecía estar bien hecha, algo no me cerraba. Luego comprendí el carácter absolutamente bonaerense que tenían Los simuladores, y entendí que era algo tan imperceptible que era imposible de trasladar a otro lugar. Tremenda ligazón de una obra con su entorno.
La historia es excelente y tremendamente atrapante. Compleja pero no caótica, la trama desconcierta permanentemente al lector, tanto cuando lo sobrecarga de información como cuando lo deja carente de ella. Así es que cuando uno cree que lo que hay detrás es un lío de narcos, se encuentra con que en realidad es de contrabando, pero luego parece que tampoco es de contrabandistas sino de negocios inmobiliarios, y luego nada de esto parece tener sentido y uno creería que se trata de algo de la resistencia de la guerrilla, pero no, y si, todo que si. Porque el autor tiene clarísimo que está ambientando la novela en un tiempo donde todo esto puede estar mezclado, donde lo que no tendría motivo aparente de estar relacionado, sin dudas lo estará por algún lado.
Con respecto a esto me quiero detener en algo que a mí como lector se me había escapado y que afortunadamente el autor me marcó el error. Se trata de la situación política en los años 70’ argentinos. Para una novela policial este es un dato fundamental, porque se trata del tiempo en que las fuerzas policiales no sólo se encargaban de resolver delitos y homicidios sino de generarlos, en defensa de una dictadura militar que pisoteaba todos los derechos humanos con total impunidad. Esto no es un detalle menor, estaríamos hablando que la misma institución que combate los delitos, los comete. Si, ya se que desde el hard-boiled de Hammett, Goodis o McCoy la policía ya no se trata de una institución confiable a la hora de hacer respetar la ley, pero nunca se había igualado tanto la posición de policía con la del asesino o criminal. Este tema condimenta aún más una novela sumamente rica, con puntas para todos lados.
Como dije, en la novela pasa de todo, y preferiría no adelantar ninguna de sus vueltas, solo que desde que sucede un asesinato en una fonda de La Boca, todo comienza a encadenarse de modo cada vez más complejo.
Con respecto a Etchenaik, muchos verán a una especie de Don Quijote, que luego de una vida de hastío decide llevar adelante la aventura que lee en sus novelas (Etchenaik es voraz lector de novelas policiales). Quizás haya algo de esto en el veterano investigador, admirador de Bogart y James Cagney, pero también hay una diferencia que no es menor, Etchenique ya fue policía, el tema es por qué vuelve al ruedo, por fuera de las instituciones formales. Detrás de la acción, siempre va a permanecer esta intriga sobre el héroe.
Hay que leer esta novela, hay que seguir hablando de ella en una mesa de bar con alguna ginebrita. Desde estas líneas convoco a un primer encuentro para conversar sobre Manual de Perdedores. Se esperan respuestas.
Con esta novela, Sasturain le hace un saludo a Roberto Arlt, pero también a Walsh, Hammett, Schulz, Oesterheld, Solano López, Hugo Pratt, Horacio Ferrer, Expósito, Robert Mitchum, Cátulo Castillo, José Razzano, y muchos más. A través de ellos nos rescata a nosotros, los lectores de feria, los espectadores de Matinée, los tangueros de boliche, los futboleros de esquina, los que estuvieron con la novela policial, cuando era berretada de kiosco y no regocijo cultista.