lunes, 13 de julio de 2009

Las astillas agonizantes

La peli (2006). De Gustavo Postiglione

Sinceramente, no tengo ni idea si La peli (Gustavo Postiglione, 2006) fue estrenada en Uruguay o no. En lo personal no la he visto en cartelera de ninguna sala, lo cual no significa que no haya venido. Tampoco me extrañaría que no hubiese llegado, a un país en el que todavía no se estrenaron Fantasma (Lisandro Alonso, 2006), Aniceto (Leonardo Favio, 2007), La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2008), o La rabia (Albertina Carri, 2008) entre otras que vale la pena ver.
Si no fue exhibida en nuestro país, resultaría un hecho llamativo, considerando la calidad de las otras dos películas que componen lo que el propio Postiglione define como la Trilogía de Rosario, El asadito (1999), y El cumple (2002).
La peli es una historia de amor. Pero también la de una película. Postiglione elige contar la historia de un artista que no puede separar la obra artística de las circunstancias de su propia vida, por lo cual vamos sabiendo que si la relación que tiene el director con Ana, interpretada por Noelia Campo, comienza a deteriorarse, la película no va a terminar de buena manera.
En cuanto a la relación del director con su película, hay un antecedente que funciona como vinculante por contacto y por alejamiento a la vez. Se trata de La película del Rey (Carlos Sorín, 1986). Con respecto a aquella hay diferencias notorias, David, el director de la de Sorín, luchaba contra carencias de todo tipo en lo relativo a los recursos técnicos y económicos para llevar a cabo la idea que lo obsesionaba. En cambio, Diego, el de Postiglione, es un director afamado (para algunos sobreestimado) que no tiene ningún tipo de problema para conseguir los recursos necesarios para el rodaje. Lo que lo atormenta a Diego es no encontrar la idea brillante, competir consigo mismo por superarse, la búsqueda del éxito consagratorio. Sin embargo, hay aspectos que los iguala. En primer lugar la idea de que el director creando se encuentra en definitiva, solo, se trata de una lucha en soledad contra uno mismo. En segundo término, la convicción de que esa lucha exige todo de uno, incluso una entrega total de todos los minutos de la vida. La única forma de tener cierto éxito en esa lucha es dejando todo lo demás para dedicarse de lleno a sacar el barco adelante, aunque a veces ni eso alcanza. En este sentido, tanto la de Sorín como La peli, serían obras sobre el artista obsesionado con una idea y con la postura de defender el hecho artístico con todo lo que sea necesario, aún muriendo en el intento.
Como para condimentar el gusto de la lucha solitaria, Postiglione presenta un ambiente cinematográfico totalmente alienado en donde cineastas, actores, productores, críticos, periodistas, público, ayudan a establecer un entorno al borde de la demencia. Es un ambiente sofocante, podrido, donde no solo la obra de arte en sí no importa en absoluto, sino que hasta las propias relaciones humanas son imposibles, están enfermas de artificialidad.
Pero el castillo de naipes se termina de desmoronar. La relación con Ana termina, y como dirá después Diego, es recién en ese momento que se da cuenta de lo que acaba de perder. Diego entra en una crisis que deriva en una obsesión en torno a Ana. Es en este momento que Postiglione realiza una apuesta audaz y poética. El derrumbe de Diego, provoca en primer lugar el derrumbe de la película que está realizando, pero también llegan escombros a derrumbar la estructura misma de la película contenedora, también se desacomoda La peli, la de Postiglione.
La primera, la de Diego, ya estaba tambaleando, producto de la falta de ideas, o de la elección de malas ideas. Es así que luego de la crisis del director, su film, que en un primer momento se trataba del clásico film de la resistencia heroica ante la última dictadura militar (hay también un palito que Postiglione le tira a este estilo de filmes), deriva en un híbrido entre la historia de un superhéroe y Ana, Ana y Ana. Diego basa toda su creación en lograr traspasar su obsesión con Ana a lo que está filmando.
La tristeza resulta evidente y tan invasiva que genera una asfixia que llega al espectador. Diego, y los que lo vemos estamos inmersos en el fondo del mar, viendo como el personaje se ahoga sin poder hacer nada porque cuanto más intenta salir, más se hunde. Cada nuevo movimiento que realiza Diego es peor que el anterior. Poco a poco pierde su individualidad en el mundo, viviendo su existencia únicamente en base a la relación de su cámara con Ana, él es un ser inanimado que presencia sin poder hacer nada, el derrumbe de su relación.
Pero también se desacomoda la estructura de la macropelícula, la cual pasa de una simple historia de un director enamorado de una joven que intenta filmar una película, a la historia fragmentada, de un personaje partido en mil pedazos. La pregunta es, cómo seguir con la cámara la vida de un tipo que está fragmentado y que por donde pasa va dejando pedazos desparramados de sí mismo que siguen agonizando. Es así que la filmación se enloquece, la historia trasciende toda progresión cronología, no se trata de una película con flahsbacks porque no se sabe qué es presente y qué es pasado, la cámara acompaña a un protagonista por momentos multiplicado y por otros dividido, perdido en la multitud, atormentado por esa sensación de caminar por un puente sin suelo. Lo acompaña temblorosa, veloz, esquizofrénica como en algunas películas de Michel Gondry o de Spike Jonze. Planos tan entregados al dolor, tan resignados, que comienzan trágicamente a develar el destino irreversible del héroe. En lo personal, para completar estéticamente esta atmósfera le hubiese puesto de fondo uno de los últimos discos de Spinetta, quizás Los ojos.
Cuando Diego siente que perdió a Ana, lo poco que quedaba de identidad unificada, lo poco que quedaba de un ser determinado llamado Diego, se desmorona, y Postiglione lo deja en claro haciéndolo mutar en la presencia de dos actores más para interpretar a Diego, en Norman Briski primero y finalmente en Darío Grandinetti. Este recurso, emparentado con el Buñuel de Ese oscuro objeto del deseo, no busca un hecho estrictamente estético, sino operativo y coherente, responde a la pregunta inicial sobre cómo filmar a un ser que se desmorona, intenta dejar en claro que Diego ya no es Diego sino otro ser que apenas si se parece a él.
Quizás la última escena sea excesivamente larga, fruto de una opción errada del director, quien sucumbió a un posible miedo a dejar cabos sueltos. Hubiese sido preferible que dejara al espectador con la angustia que genera la película, y que no lo expusiera a una escena final explicativa, que resuelve todas las incógnitas y que funciona como un duelo que nos hace digerir la asfixia y la pérdida y hasta soñar con un final feliz que para nada se ajusta a La Peli. Pero a pesar de esto último, esta película de Postiglione, injustamente castigada por la crítica, es una piña en el estómago, de esas que nos saca el aire. Es pura poesía del dolor, es una reflexión potente sobre el cine y su ambiente, es, sin lugar a dudas, una obra más relacionada con la tragedia griega que con cualquier otra obra contemporánea. Una tragedia que retrata las desventuras de quien mira su ombligo mientras pierde el ómnibus que le servía.


1 comentario:

  1. pa.. tu cabeza es un viaje..!!
    la verdad q me das ganas de ir corriendo a ver una peli pero una buena peli..
    no esas boludezes de peliculas sin sentido o con sentido comercial q es peor..
    pero bueno

    che arriba..!

    te mando un abrazo

    fefa

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