lunes, 13 de julio de 2009

La intervención bailantera. Acción de Washington Cucurto y Eloísa Cartonera

Más de ochenta años han pasado desde las vanguardias artísticas que coincidían en la destrucción de la institución arte tal cual era entendida hasta ese momento. Me refiero a la institucionalización, al encapsulamiento del arte y la torre de marfil, a la legitimación conservadora de la academia, al elitismo del arte oficial, al lobby sectario como forma de inserción en el ambiente artístico, al control reaccionario de los medios de difusión. Pero vistos desde hoy, considerando su itinerario y su presente, esos movimientos vanguardistas, quizás no hayan cumplido su real objetivo. Hoy en día, la institucionalización del arte es muy fuerte, la academia, más allá de aparentes aperturas y rupturas del orden, sigue siendo una elite que no logra ver su carácter reaccionario, similar al proveniente del arte oficial o de aquellos que legitiman o desaprueban a artistas y expresiones “otras”, la industria cultural refuerza cada vez más su relación carnal con los movimientos del mercado financiero. No estoy diciendo que las vanguardias no hayan logrado nada, ni que en más de ochenta años no se haya salido del panorama que recién esbocé. Solo intento que podamos distinguir entre lo que es real y lo que es aparente, o falso. Dentro del primer grupo, ubico en esta ocasión al escritor argentino Washington Cucurto. Lo vinculo a la historia de las vanguardias no tanto en el sentido más atribuido a estas de la novedad, sino en cuanto acción, intervención directa.

El escritor bailantero
Cucurto saltó a escena en 1998 con el libro de poemas Zelarayán, por el cual fue acusado de racista y pornográfico, siendo retirado de circulación en 2001 por la Secretaría de Cultura de la Nación. Luego le siguieron los volúmenes de poesía, La máquina de hacer paraguayitos, 20 pungas contra un pasajero, y Hatuchay. Ha escrito varias novelas, la primera de ellas, Cosa de negros es del año 2003. Le siguen, Fer, Panambí, Las aventuras del Sr. Maíz, Hasta quitarle Panamá a los yanquis (novela por entregas que se puede leer en el sitio web de Eloísa Cartonera www.eloisacartonera.com.ar), El curandero del amor, y de reciente publicación 1810.
La obra de Cucurto está inserta en lo border, en la periferia del Arte con mayúsculas. Sus personajes, inmigrantes ilegales paraguayos, bolivianos, dominicanos, también son la periferia de la europeizada sociedad bonaerense. Pero esos personajes no son en Cucurto, recortados y pegados al antojo de un intelectualismo popu que ve como progre el hecho de escribir sobre el lumpen, sino que en su obra, estas clases bajas, lo que la sociedad moderna deshecha, tiene la palabra, juega de local, está en su territorio, las discotecas bailanteras, los bares y los prostíbulos de los barrios más marginales, y aplica sus reglas..
Cucurto se declara un mal escritor, y al hacer esto se pone militantemente del lado de su compatriota Roberto Arlt, quien también afirmaba que no sabía escribir. Pero al hacer esto también se contrapone a la tradición borgiana del escritor culto, oligárquico y cosmopolita. Defensor de la misma idea de Arlt de escribir casi compulsivamente cuando se tiene algo que decir, sin detenerse demasiado en cómo decirlo, logra, al igual que aquel, una literatura empapada de oralidad, repleta de términos de la hibridación que provoca el contacto de lenguas, tradiciones, costumbres diversas de la gama de inmigrantes que conviven en los barrios más miserables de la ciudad. Todo esto narrado en primera persona por Washington Cucurto, un inmigrante dominicano, reponedor de un supermercado, adicto a los bailes de cumbia y a las mujeres paraguayas. De su obra literaria se ha dicho mucho, y no diré más en este artículo.

Arte relacional: un posible camino
Pero Cucurto, de quien ya a esta altura debemos mencionar que su verdadero nombre es Santiago Vega, nacido en Quilmes en 1973, va aún más allá. Lo suyo es un proyecto, es letra y acción, intervención. Es fundador de la editorial Eloísa Cartonera. La misma, ubicada en el barrio de La Boca, ya tiene más de cien títulos publicados. Los libros, son fotocopiados, y las tapas son realizadas con cartón comprado a los cartoneros por un valor superior al que reciben vendiéndolo a los compradores habituales. Los hijos de los mismos, ilustran las tapas de los libros, dejando de estar cartoneando en las calles. Los libros de Eloísa Cartonera se venden en las estaciones de subtes a precios sumamente bajos. La editorial solo publica títulos de autores latinoamericanos, los mismos ceden sus obras para la causa. Allí han publicado Ricardo Piglia, Alan Pauls, Dani Umpi Leonidas Lamborghini, César Aira, Raúl Zurita, entre otros.
El proyecto de Eloisa Cartonera, presenta así múltiples caras y contiene diversos abordajes posibles. No solo se trata de un proyecto en que se une texto y acción, idea y práctica, es una intervención que trasciende lo estrictamente literario. También puede leerse a la luz de varias improntas teóricas recientes relativas al arte en general. Porque más allá del enfoque casi obvio que pueda vincular este proyecto con toda la movida de creación con deshechos, de arte y reciclaje, otra operación podría comparar la acción de Eloisa Cartonera con mucho de lo expuesto a propósito del arte relacional. Con respecto a esta lectura sobre el arte contemporáneo, quien más ha insistido es el teórico francés Nicolás Bourriad, en un libro de 1986, traducido al español en 2006: Estética relacional. Este autor privilegia una nueva estética, una nueva forma de creación, que privilegia las relaciones humanas, su contexto social, privilegiando lo colectivo a lo individual, el encuentro ante lo privado y autónomo. Según Bourriad, la actividad artística basada en los opuestos y los conflictos de la intimidad dejan su lugar a la nueva creación, la alianza entre nuevos actores.

Volver al principio
Comenzando por la obra de Cucurto, siguiendo por todo el proceso de Eloísa Cartonera, nos encontramos con un verdadero sistema cultural. No sólo estamos hablando de una obra literaria anti elitista, donde tienen voz los que no la tienen sino que además hay un proyecto editorial, de difusión, de unir palabra y acción. Pues de qué sirve todo lo que se pueda escribir sobre subalternidad, la voz de los otros, la reivindicación de los de abajo, si los de abajo, y ni siquiera los del medio, pueden tener acceso posible a esos mensajes, a esas obras. Quizás ahora pueda entender el lector el rumbo que propuse al principio de la nota. Todo proyecto revolucionario, vanguardista, en definitiva todo proyecto artístico, es puro palabrerío barato si no llega a la acción. Toda prédica popular no es más que otra prédica elitista si no llega a los verdaderos destinatarios.
Y seguramente haya muchos errores en la obra de Cucurto, quizás también en la acción de Eloísa Cartonera, pero es siempre mucho más preferible, el error interviniendo la realidad a través del arte, que las toneladas de papel escritas que morirán en una volketa, inútiles, hasta que llegue algún cartonero a revivirlas.

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