lunes, 13 de julio de 2009

Aquel Tiempo en que vivíamos

Glue (2006), de Alexis Dos Santos

Desde hace un tiempo a esta parte, se viene experimentando por estas regiones un desprecio por todo lo relacionado a la adolescencia. Este hecho siempre sucedió de algún modo, ya que a lo largo de todas las épocas se han castigado las creaciones adolescentes (tanto las bandas adolescentes, como las creaciones literarias de ese período nos parecen de bajo nivel, chatas, ingenuas), y los productos dedicados a ellos (siempre nos van a parecer una frivolidad y una basura los productos culturales que estos consumen, sosteniendo que los que nosotros consumíamos en nuestra adolescencia no tenían nada que ver con estos). Sin embargo, al igual que cuando nos enojábamos porque los adultos se burlaban de que éramos pankis, o terrajas, o conchetos, los adultos de ahora, mortificamos a los floggers y a los emo, entre otros. Yo no se si es por una mala perspectiva de las cosas, por resentimiento o mala leche, pero es llamativo que caigamos en el grave error de no darnos cuenta de que salvo por pequeñas particularidades de cada época, los adolescentes se parecen entre sí alo largo de los años. De ese modo la alienación que podemos ver en los adolescentes de hoy con la web seguramente esté muy emparentada con la que tuvimos con el Nintendo o Family Game, o nuestros padres con el televisor, los pasitos floggers y su supuesta frivolidad quizás tenga mucho que ver con los que hacíamos el pasito de Proyecto Uno, o rapeábamos a lo Yazzy Mel, en tanto que creaciones como Casi ángeles deben tener más de un punto de contacto con Montaña Rusa o Clave de Sol. Ni hablar que lo que llamamos Emo, esos seres extraños de los cuales ridiculizamos su hipersensibilidad y dramatismo, no son más que la expresión exacta y explícita, de lo que fuimos todos, personas que están viviendo la edad en que el ser humano adolece. Ni más ni menos. A pesar de que los adolescentes de hoy tengan mucho de los adolescentes que fuimos, el rechazo de los adultos es muy fuerte, salvo impresionantes excepciones como Glue (2006), el filme de Alexis Dos Santos.
Lucas, Andrea y Nacho son tres adolescentes de un poblado de las afueras de la ciudad de Neuquén, a simple vista tres adolescentes iguales a cualquier otro, pero justamente por la forma en que éstos llevan al extremo la sensibilidad y los impulsos vitales, si bien a simple vista todos se parecen, por dentro realmente cada uno es un universo profundo y misterioso.
Esta profundidad es pura intención del director quien logra su cometido evitando en todo momento los estereotipos rígidos y las representaciones de alguien externo. De ese modo los personajes no son intelectualoides ni tampoco idiotas, no tienen rebeldía barata ni adultez en potencia, los personajes se ubican justamente en ese territorio tan difícil de apresar como lleno de vida. Tienen inquietudes en las que realmente se les va la vida, casi obsesiones, quieren coger cuanto antes, probar drogas nuevas, chuponear de lengua, ser famosos, sentirse independientes, y todo esto lo hacen a full, dando absolutamente todo lo que tienen en la alegría o en la tristeza. A más de un adulto la forma en que estos personajes viven estas inquietudes les podrá parecer ridículo, exagerado y frívolo, olvidando que nosotros los adultos, o tenemos las mismas inquietudes y convivimos con ellas de modo cobarde, sin deseo, o contamos con otro paquete de inquietudes, muchas veces más frívolas y ridículas que aquellas. Encima de todo, para terminar de inclinar la balanza hacia los personajes, cuando nosotros vemos fracasar la realización de nuestras inquietudes recurrimos a pegarnos un tiro en la boca o a volvernos hongos resignados, mientras que ellos solucionan todo escribiendo una letra de rock, bailando, o haciéndose una muy buena paja.
Glue pone en tela de juicio los prejuicios que tenemos hacia la adolescencia, mostrando seres llenos de vida, viviéndola a full, sin guardarse nada. Presentando los personajes de esta forma lo que hace Dos Santos es dignificar esta etapa de la vida y sus discursos y acciones. Pero también al ponernos un espejo en el cual vernos hace unos años, nos lleva en el DeLorean a investigar sobre los sueños que teníamos y perdimos, sobre la vida que teníamos y perdimos en el camino o la transformamos en gelatina muerta. Los protagonistas son los adolescentes pero también nosotros, mientras en la pantalla vemos seres libre con ganas de andar viviendo por ahí, nosotros somos los que parecemos estar metidos en un frasco de pegamento, con movimientos limitados, estancados. Sin duda, el título de la película, más que definir un momento importante de la película, está inspirado en nosotros, los adultos.
Pero no todo es idílico en la vida de los personajes, también hay sufrimiento, tristeza y opresión. Pero Dos Santos opta por no dar señales directas de esta opresión, sino a través de lo visual. En primer lugar con una preferencia de tonos rojizos, anaranjados, que dan la sensación de un constante atardecer que más que dolor, soledad o pasiva desesperación, activa la melancolía, una melancolía útil, activa. En segundo término con un uso de la cámara en mano que hace participar al que ve en lo que ve, pero no usándola al estilo europeo, más sofisticado, controlada para dar la sensación de voyeur o de testigo alejado, sino con una cámara en mano más inquieta, al estilo de algunas películas del nuevo cine chicano, plenamente activa, que pone a la cámara en el medio de la acción, no como testigo sino como participante directo: en Glue, la cámara es un adolescente más que acompaña a los otros tres. En dos momentos, el espectador traspasa (inversamente de lo visto en La rosa púrpura del Cairo) la pantalla y entra a la acción: cuando Andrea está llorando en la cama y debajo de la cama, Lucas la escucha, y cuando Andrea (una excelente Inés Efrón) practica un chupón de lengua contra la mampara del baño.
Absolutamente poética, con toneladas de cine, Glue no cuenta una historia, ni tres, cuenta miles. Dos Santos no busca un cine sofisticado, ni una historia cool sino una película clara, puro cine, con las cartas sobre la mesa (aunque no sepamos a veces interpretar esas cartas), que tiene una potencia narrativa atípica para un director joven. Lo que cuenta, ya todos lo conocíamos, lo vivimos, lo disfrutamos, pero nos habíamos olvidado de recordarlo con orgullo, y de hacerlo actuar en el presente. Digo que todos lo vivimos aunque se que no es así y que hubo quienes lo vivieron de otro modo. Pero si a tus 14, mientras la vida y el deseo ardían afuera, vos escuchabas a John Coltrane o leías Tlön Uqbar Orbis Tertius lo lamento por vos.

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