viernes, 26 de diciembre de 2008

Río absolutamente negro. Editorial Negro Absoluto o El neo policial criollo











Elvio E. Gandolfo / Gabriel Sosa, El doble Berni, Buenos Aires, 2008
Leonardo Oyola, Santería, Buenos Aires, 2008
Osvaldo Aguirre, Los indeseables, Buenos Aires, 2008
Ricardo Romero, El síndrome de Rasputín, Buenos Aires, ,2008

La literatura policial en el Río de la Plata, ha aparejado últimamente varios debates sobre su situación actual. Están los que sostienen que estamos en presencia de un resurgir genuino, otros sostienen que ese nuevo auge no tiene punto de contacto con lo denominado literatura negra sino que se trataría de un collage donde habría elementos aislados del policial, también están los que sostienen que la novela negra, tal como era entendida durante el auge editorial de mitad de siglo con las colecciones de editoriales como Emecé (Séptimo Círculo), Hachette (Evasión, Serie Naranja ), entre otras, ya murió.
Lo cierto es que las colecciones de literatura negra habían desaparecido en el Río de la Plata, salvo algún intento tibio sin mucha trascendencia. Quizás lo más destacable de los últimos años fue la colección La muerte y la Brújula que allá por el año 1992 pusieron en la calle la editorial Aguilar y el diario Clarín, en la cual se publicaron entre otros La máquina del bien y del mal de Rodolfo Walsh y Los sentidos del agua de Juan Sasturain.
Dirigida por este último, escritor y recientemente conductor del programa televisivo Ver para Leer, la editorial Negro Absoluto hace su aparición en cancha, buscando generar un policial autóctono, escrito por escritores de por acá, como dice Sasturain en la web de la editorial: “La literatura policial argentina –la de Borges, la de Arlt y Walsh- se merecía una colección de novela en la que (...)se asesine y se haga justicia usando exclusivamente sangre nacional. Que por fin las cosas –también en la ficción- hayan pasado, pasen o pasarán acá a la vuelta.”
Los títulos elegido para arrancar son cuatro: El doble Berni de Elvio E. Gandolfo y Gabriel Sosa, Santería de Leonardo Oyola, Los indeseables de Osvaldo Aguirre, y El síndrome de Rasputín de Ricardo Romero.

El arte de lo negro
El doble Berni está escrita a dúo entre el rioplatense Elvio E. Gandolfo (Rosario –en realidad San Rafael, Mendoza-, 1947) y Gabriel Sosa (Montevideo, 1966), detalle que realmente desaparece ni bien se ingresa en la narración, ya que está tan empastada la narrativa de los escritores rioplatenses que si bien son cuatro manos y dos cerebros, la punta del lápiz que escribe sin duda es una sola. Como en las mejores orquestas o en las comidas de la abuela, no se discriminan los componentes sino que se crea algo nuevo y uniforme.
La historia gira en torno al negocio de las obras de arte falsas, sobretodo de los pintores argentinos Antonio Berni y Benito Quinquela Martín. Todo se desencadena por el homicidio de un pintor, y un amigo suyo dueño de un negocio de productos New Age, Lucantis, (un verdadero anti héroe de novela negra, que al ser de Buenos Aires, esa ciudad tan “negra”, lo transforma en un personaje noir por excelencia) que se ve de algún modo forzado a investigar, cargando además sus dudas existenciales, su insatisfacción con su vida actual oscilatoria entre la Capital y Rosario.
Su búsqueda lo lleva a inmiscuirse en el mundo de las galerías de arte, del comercio de obras de arte, de falsificaciones.
Un punto altísimo lo constituyen los trazados de los personajes y como estos acercamientos a sus vidas se relacionan estrechamente con la historia contada, reforzando la intriga. Es que Lucantis, es tan incapaz para la investigación, tan indeciso que el lector se encuentra avanzado en las páginas y aún su investigación no ha arrojado luz sobre ningún enigma. Y los galeristas son tan ambiguamente sórdidos e inocentes que resulta obvio que en algo malo andan pero no se sabe precisamente de qué se trata. Tan enigmáticos son todos los personajes secundarios, la ayudante japonesa de Lucantis, Taborda, el pintor asesinado, su mujer, el inspector García Sáinz, un gestor metido en negocios turbios, que Lucantis pasa casi toda la novela desorientado. Todos los personajes son tratados con la misma importancia por los narradores, lo que brilla en el capítulo octavo, una muestra ejemplar de los diversos puntos de vista que puede tomar un narrador y la riqueza que esto aporta, sobre todo en la literatura policial donde el punto de vista es esencial.
La historia es muy interesante, está muy bien escrita y encima de todo está empapada de humor, muchas veces directo y ridículo (como en el caso de los apellidos de los galeristas, Filomberto y Guitarrini, o la teoría de uno de estos sobre los coreanos gay) otras veces de situación (la visita de Lucantis a una vieja senil para averiguar datos imprescindibles).

San La Muerte
Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) es el reciente ganador del premio Dashiell Hammett que entrega la Asociación Internacional de Escritores Policíacos en la Semana Negra de Gijón, España, con su novela Chamamé. Santería se titula la novela de este autor que Negro Absoluto eligió como una de sus primeras opciones.
Santería es la historia de Fátima apodada la Víbora Blanca, una cartomante de una villa bonaerense a quien se le anuncia a través de una aparición que su mejor clienta, la Marabunta, la va a asesinar en la mañana de Navidad. A partir de ese momento comienza a tomar medidas contra el tiempo para evitar que eso suceda.
En el camino hacia el final, el autor sorprende a cada página, tiñendo a la novela de una atmósfera mística, pero no de una mística “oficial” ya que lo que reina en estas páginas es la mística popular, la religión y las creencias que nada tienen que ver con las del Vaticano. Está presente todo el tema de San La Muerte y El Gauchito, en auge en los últimos tiempos al ser venerados por los habitantes de las villas argentinas, el de San Jorge, un santo compartido por varias religiones entre ellas el Umbandismo, al igual que todo tipo de santos y religiones populares.
Todo está mezclado, todo se entrecruza, y este hecho en lugar de confundir, o de menospreciar como si se tratara de un menjunje, le da potencia a la histioria, sin caer en ningún momento en el pintoresquismo o en el tratamiento paródico de las religiones “marginales”.
A la hora de explicar la procedencia, el linaje de las protagonistas, el autor despliega un recurso que le da un brillo a la novela y que termina siendo uno de los mejores momentos. Para cada una de las historias sobre el pasado de los personajes hay dos versiones, dos historias diferentes, una “real” y otra mística, más legendaria. Oyola se vale de las dos, y en ningún momento se inclina por alguna de las opciones, convenciendo al lector de que quizás lo mejor sea creer las dos.
Pero paralelamente hay otra historia que también es encarada de forma religiosa. La novela está ambientada en Puerto Apache en 1996, año en que se comenzaron las medidas oficiales para transformar esa villa en la sofisticada Puerto Madero. La protagonista siente que por su culpa, la maldición que cae sobre ella (fruto de su procedencia) provocará la destrucción de toda la villa. El narrador en ningún momento desmiente esto, lo que poco a poco comienza a tomar el valor de verdad absoluta. El destino es imposible de cambiar.
Todo esto sumado, el destino inexorable, el oráculo que advierte, la maldición sobre una comunidad, la sustitución de la razón por la fe, en un lugar donde vuelan los tiros, nos da como resultado una historia atrapante, contada de una manera muy original, como si se tratara del Apocalipsis, contado en clave de tragedia griega y Western, de ese mundo que es la villa.

Hacia el hondo bajo fondo
De las cuatro novelas con las que abre el juego Negro Absoluto, Los indeseables es, sin lugar a dudas la que se adhiere a las corrientes más ortodoxas de la novela negra. Su autor, Osvaldo Aguirre (Colón, Entre Ríos, 1964) es poeta, narrador y durante varios años fue cronista policial del diario rosarino La Capital.
El personaje de Los indeseables es Germán González, un cronista de policiales de un diario bonaerense de fines de los años 20’ del siglo pasado, que movido fundamentalmente por la competencia que su diario tiene con otro, tocado por haber llegado tarde a la primicia del asesinato de una prostituta, se lanza a investigarlo.
Las urgencias de los cierres de las ediciones trastoca el ritmo normal de la investigación, ya que constantemente se le reclama desde el diario, un nuevo avance en la misma, por lo cual la novela no cuenta con esa paciencia que tienen las novelas de enigma donde parece que el investigador tiene todo el tiempo del mundo para sacar sus conclusiones. De hecho, el único momento donde Germán puede sentarse y junto a sus colaboradores (un policía y un punga) estudiar todas las pruebas recogidas y deducir las conclusiones ( a la manera de las novelas de S.S. Van Dine), resuelve el enigma y une todos los cabos sueltos.
Pero no por eso se puede hablar de una novela al estilo de las de Bustos Domecq (seudónimo de Borges y Bioy Casares) o las de Poe en las que Charles Dupin resolvía todo desde su escritorio, sino que, más a la manera del hard boiled de Hammett y Goodis entre otros, durante toda la novela, Germán y sus colaboradores deben ensuciarse las manos y meterse en cualquier sitio en busca de pruebas e indicios.
Esto lo lleva, y nos lleva, a dos de las excelencias de la novela: la ambientación y los personajes. La primera es realmente digna de admiración, ya que el trabajo de Aguirre para insertar al lector en la Buenos Aires de los años 20’ es perfecto. Se nota un trabajo de investigación sobre la ciudad y sus habitantes en esos años, lo que enriquece tremendamente la novela en lugar de transformarla en una novelita de costumbres.
Sobre los personajes, se puede decir que más allá de la historia, que es muy buena, y la prosa de Aguirre que tampoco defecciona, lo que hace que el transito por las páginas de esta novela sea sumamente placentero es la galería de personajes. El staff del diario, los policías, los fiolos, las prostitutas, los mendigos, están tratados con tanta soltura y en muchos casos con tanto humor, que uno termina la novela satisfecho y pidiendo más de ellos.
Mención aparte para la visión que propone sobre la frialdad y ferocidad de los medios a la hora de buscar la noticia. De la misma manera, los momentos en que se sumerge en los bajos fondos porteños son impecables, con mucho de Gorki, pero sobre todo con mucho de homenaje al maestro Roberto Arlt.


Cambalache remix
Para contrarrestar la novela de Aguirre que propone un viaje al pasado, El síndrome de Rasputín, nos lleva a una Buenos Aires del futuro. Su autor, Ricardo Romero (Paraná, Entre Ríos, 1976), es integrante, al igual que Leonardo Oyola, del grupo de escritores El quinteto de la muerte. En ningún momento de esta novela se aclara el año o la década en la que transcurre la acción, sino que el paso del tiempo está reflejado en esa ciudad corroída, destruida, como si todo lo que sucede en nuestro tiempo haya sido multiplicado, generando una explosión que transformó a la ciudad en un lugar decadente. Se mencionan ataques de grupos nacionalistas que destruyeron parte de la ciudad, los subtes no funcionan y los marginales viven en la red subterránea (como en El demoledor de Marco Brambilla ), todo es una mezcla cargada de tristeza de un lugar muy futurista y a la vez arcaico, como en Mad Max o en Blade Runner. Encima hay una lluvia que parece no parar nunca.
En ese contexto hay un asesinato de un agente de estrellas del espectáculo, y todas las sospechas recaen sobre Lucas Abelev, un personaje que a simple vista aparenta no ser el culpable. Lucas padece del síndrome de Tourette, una enfermedad nerviosa que genera tics y comentarios que no puede evitar, y sufre un intento de asesinato, del cual sobrevive pero que lo deja postrado en una cama de hospital. Sus amigos, Maglier y Muishkin, quienes también padecen el mismo síndrome, intentan encontrar la verdad que demuestre la inocencia de Lucas. Lo intentan sin tener oficio alguno de investigador y además cargando con esta enfermedad, lo que realmente les complica muchas veces su tarea.
Esto genera una tensión en el relato, ya que, como el protagonista de Doble de Cuerpo de Brian de Palma, se ven luchando no solo contra los culpables sino contra sí mismos. Pero esa tensión se rompe en múltiples ocasiones debido a que los personajes no toman tan dramáticamente su problema, lo que a veces deriva en situaciones de muy buen humor, mas dark que negro, muy disfrutables, lo que hace acordar, si le sumamos esos ambientes futuristas apocalípticos a Acción Mutante del director vasco Alex de la Iglesia.
Otro hecho que se menciona y que marca una tensión es la existencia de bombas puestas por los grupos nacionalistas que no llegaron a detonar, lo que lleva a la idea constante de que en cualquier momento puede explotar todo.
Mas allá de todo, los personajes solo buscan sobrevivir (o padecen de ello), lo que iguala a todos. Quizás con esa lluvia interminable, que moja a todos a cada momento, se nos quiera advertir que al final de los días se hará verdad la profética idea discepoliana de que “allá en el horno nos vamos a encontrar”.

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