viernes, 26 de diciembre de 2008

Río absolutamente negro. Editorial Negro Absoluto o El neo policial criollo











Elvio E. Gandolfo / Gabriel Sosa, El doble Berni, Buenos Aires, 2008
Leonardo Oyola, Santería, Buenos Aires, 2008
Osvaldo Aguirre, Los indeseables, Buenos Aires, 2008
Ricardo Romero, El síndrome de Rasputín, Buenos Aires, ,2008

La literatura policial en el Río de la Plata, ha aparejado últimamente varios debates sobre su situación actual. Están los que sostienen que estamos en presencia de un resurgir genuino, otros sostienen que ese nuevo auge no tiene punto de contacto con lo denominado literatura negra sino que se trataría de un collage donde habría elementos aislados del policial, también están los que sostienen que la novela negra, tal como era entendida durante el auge editorial de mitad de siglo con las colecciones de editoriales como Emecé (Séptimo Círculo), Hachette (Evasión, Serie Naranja ), entre otras, ya murió.
Lo cierto es que las colecciones de literatura negra habían desaparecido en el Río de la Plata, salvo algún intento tibio sin mucha trascendencia. Quizás lo más destacable de los últimos años fue la colección La muerte y la Brújula que allá por el año 1992 pusieron en la calle la editorial Aguilar y el diario Clarín, en la cual se publicaron entre otros La máquina del bien y del mal de Rodolfo Walsh y Los sentidos del agua de Juan Sasturain.
Dirigida por este último, escritor y recientemente conductor del programa televisivo Ver para Leer, la editorial Negro Absoluto hace su aparición en cancha, buscando generar un policial autóctono, escrito por escritores de por acá, como dice Sasturain en la web de la editorial: “La literatura policial argentina –la de Borges, la de Arlt y Walsh- se merecía una colección de novela en la que (...)se asesine y se haga justicia usando exclusivamente sangre nacional. Que por fin las cosas –también en la ficción- hayan pasado, pasen o pasarán acá a la vuelta.”
Los títulos elegido para arrancar son cuatro: El doble Berni de Elvio E. Gandolfo y Gabriel Sosa, Santería de Leonardo Oyola, Los indeseables de Osvaldo Aguirre, y El síndrome de Rasputín de Ricardo Romero.

El arte de lo negro
El doble Berni está escrita a dúo entre el rioplatense Elvio E. Gandolfo (Rosario –en realidad San Rafael, Mendoza-, 1947) y Gabriel Sosa (Montevideo, 1966), detalle que realmente desaparece ni bien se ingresa en la narración, ya que está tan empastada la narrativa de los escritores rioplatenses que si bien son cuatro manos y dos cerebros, la punta del lápiz que escribe sin duda es una sola. Como en las mejores orquestas o en las comidas de la abuela, no se discriminan los componentes sino que se crea algo nuevo y uniforme.
La historia gira en torno al negocio de las obras de arte falsas, sobretodo de los pintores argentinos Antonio Berni y Benito Quinquela Martín. Todo se desencadena por el homicidio de un pintor, y un amigo suyo dueño de un negocio de productos New Age, Lucantis, (un verdadero anti héroe de novela negra, que al ser de Buenos Aires, esa ciudad tan “negra”, lo transforma en un personaje noir por excelencia) que se ve de algún modo forzado a investigar, cargando además sus dudas existenciales, su insatisfacción con su vida actual oscilatoria entre la Capital y Rosario.
Su búsqueda lo lleva a inmiscuirse en el mundo de las galerías de arte, del comercio de obras de arte, de falsificaciones.
Un punto altísimo lo constituyen los trazados de los personajes y como estos acercamientos a sus vidas se relacionan estrechamente con la historia contada, reforzando la intriga. Es que Lucantis, es tan incapaz para la investigación, tan indeciso que el lector se encuentra avanzado en las páginas y aún su investigación no ha arrojado luz sobre ningún enigma. Y los galeristas son tan ambiguamente sórdidos e inocentes que resulta obvio que en algo malo andan pero no se sabe precisamente de qué se trata. Tan enigmáticos son todos los personajes secundarios, la ayudante japonesa de Lucantis, Taborda, el pintor asesinado, su mujer, el inspector García Sáinz, un gestor metido en negocios turbios, que Lucantis pasa casi toda la novela desorientado. Todos los personajes son tratados con la misma importancia por los narradores, lo que brilla en el capítulo octavo, una muestra ejemplar de los diversos puntos de vista que puede tomar un narrador y la riqueza que esto aporta, sobre todo en la literatura policial donde el punto de vista es esencial.
La historia es muy interesante, está muy bien escrita y encima de todo está empapada de humor, muchas veces directo y ridículo (como en el caso de los apellidos de los galeristas, Filomberto y Guitarrini, o la teoría de uno de estos sobre los coreanos gay) otras veces de situación (la visita de Lucantis a una vieja senil para averiguar datos imprescindibles).

San La Muerte
Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) es el reciente ganador del premio Dashiell Hammett que entrega la Asociación Internacional de Escritores Policíacos en la Semana Negra de Gijón, España, con su novela Chamamé. Santería se titula la novela de este autor que Negro Absoluto eligió como una de sus primeras opciones.
Santería es la historia de Fátima apodada la Víbora Blanca, una cartomante de una villa bonaerense a quien se le anuncia a través de una aparición que su mejor clienta, la Marabunta, la va a asesinar en la mañana de Navidad. A partir de ese momento comienza a tomar medidas contra el tiempo para evitar que eso suceda.
En el camino hacia el final, el autor sorprende a cada página, tiñendo a la novela de una atmósfera mística, pero no de una mística “oficial” ya que lo que reina en estas páginas es la mística popular, la religión y las creencias que nada tienen que ver con las del Vaticano. Está presente todo el tema de San La Muerte y El Gauchito, en auge en los últimos tiempos al ser venerados por los habitantes de las villas argentinas, el de San Jorge, un santo compartido por varias religiones entre ellas el Umbandismo, al igual que todo tipo de santos y religiones populares.
Todo está mezclado, todo se entrecruza, y este hecho en lugar de confundir, o de menospreciar como si se tratara de un menjunje, le da potencia a la histioria, sin caer en ningún momento en el pintoresquismo o en el tratamiento paródico de las religiones “marginales”.
A la hora de explicar la procedencia, el linaje de las protagonistas, el autor despliega un recurso que le da un brillo a la novela y que termina siendo uno de los mejores momentos. Para cada una de las historias sobre el pasado de los personajes hay dos versiones, dos historias diferentes, una “real” y otra mística, más legendaria. Oyola se vale de las dos, y en ningún momento se inclina por alguna de las opciones, convenciendo al lector de que quizás lo mejor sea creer las dos.
Pero paralelamente hay otra historia que también es encarada de forma religiosa. La novela está ambientada en Puerto Apache en 1996, año en que se comenzaron las medidas oficiales para transformar esa villa en la sofisticada Puerto Madero. La protagonista siente que por su culpa, la maldición que cae sobre ella (fruto de su procedencia) provocará la destrucción de toda la villa. El narrador en ningún momento desmiente esto, lo que poco a poco comienza a tomar el valor de verdad absoluta. El destino es imposible de cambiar.
Todo esto sumado, el destino inexorable, el oráculo que advierte, la maldición sobre una comunidad, la sustitución de la razón por la fe, en un lugar donde vuelan los tiros, nos da como resultado una historia atrapante, contada de una manera muy original, como si se tratara del Apocalipsis, contado en clave de tragedia griega y Western, de ese mundo que es la villa.

Hacia el hondo bajo fondo
De las cuatro novelas con las que abre el juego Negro Absoluto, Los indeseables es, sin lugar a dudas la que se adhiere a las corrientes más ortodoxas de la novela negra. Su autor, Osvaldo Aguirre (Colón, Entre Ríos, 1964) es poeta, narrador y durante varios años fue cronista policial del diario rosarino La Capital.
El personaje de Los indeseables es Germán González, un cronista de policiales de un diario bonaerense de fines de los años 20’ del siglo pasado, que movido fundamentalmente por la competencia que su diario tiene con otro, tocado por haber llegado tarde a la primicia del asesinato de una prostituta, se lanza a investigarlo.
Las urgencias de los cierres de las ediciones trastoca el ritmo normal de la investigación, ya que constantemente se le reclama desde el diario, un nuevo avance en la misma, por lo cual la novela no cuenta con esa paciencia que tienen las novelas de enigma donde parece que el investigador tiene todo el tiempo del mundo para sacar sus conclusiones. De hecho, el único momento donde Germán puede sentarse y junto a sus colaboradores (un policía y un punga) estudiar todas las pruebas recogidas y deducir las conclusiones ( a la manera de las novelas de S.S. Van Dine), resuelve el enigma y une todos los cabos sueltos.
Pero no por eso se puede hablar de una novela al estilo de las de Bustos Domecq (seudónimo de Borges y Bioy Casares) o las de Poe en las que Charles Dupin resolvía todo desde su escritorio, sino que, más a la manera del hard boiled de Hammett y Goodis entre otros, durante toda la novela, Germán y sus colaboradores deben ensuciarse las manos y meterse en cualquier sitio en busca de pruebas e indicios.
Esto lo lleva, y nos lleva, a dos de las excelencias de la novela: la ambientación y los personajes. La primera es realmente digna de admiración, ya que el trabajo de Aguirre para insertar al lector en la Buenos Aires de los años 20’ es perfecto. Se nota un trabajo de investigación sobre la ciudad y sus habitantes en esos años, lo que enriquece tremendamente la novela en lugar de transformarla en una novelita de costumbres.
Sobre los personajes, se puede decir que más allá de la historia, que es muy buena, y la prosa de Aguirre que tampoco defecciona, lo que hace que el transito por las páginas de esta novela sea sumamente placentero es la galería de personajes. El staff del diario, los policías, los fiolos, las prostitutas, los mendigos, están tratados con tanta soltura y en muchos casos con tanto humor, que uno termina la novela satisfecho y pidiendo más de ellos.
Mención aparte para la visión que propone sobre la frialdad y ferocidad de los medios a la hora de buscar la noticia. De la misma manera, los momentos en que se sumerge en los bajos fondos porteños son impecables, con mucho de Gorki, pero sobre todo con mucho de homenaje al maestro Roberto Arlt.


Cambalache remix
Para contrarrestar la novela de Aguirre que propone un viaje al pasado, El síndrome de Rasputín, nos lleva a una Buenos Aires del futuro. Su autor, Ricardo Romero (Paraná, Entre Ríos, 1976), es integrante, al igual que Leonardo Oyola, del grupo de escritores El quinteto de la muerte. En ningún momento de esta novela se aclara el año o la década en la que transcurre la acción, sino que el paso del tiempo está reflejado en esa ciudad corroída, destruida, como si todo lo que sucede en nuestro tiempo haya sido multiplicado, generando una explosión que transformó a la ciudad en un lugar decadente. Se mencionan ataques de grupos nacionalistas que destruyeron parte de la ciudad, los subtes no funcionan y los marginales viven en la red subterránea (como en El demoledor de Marco Brambilla ), todo es una mezcla cargada de tristeza de un lugar muy futurista y a la vez arcaico, como en Mad Max o en Blade Runner. Encima hay una lluvia que parece no parar nunca.
En ese contexto hay un asesinato de un agente de estrellas del espectáculo, y todas las sospechas recaen sobre Lucas Abelev, un personaje que a simple vista aparenta no ser el culpable. Lucas padece del síndrome de Tourette, una enfermedad nerviosa que genera tics y comentarios que no puede evitar, y sufre un intento de asesinato, del cual sobrevive pero que lo deja postrado en una cama de hospital. Sus amigos, Maglier y Muishkin, quienes también padecen el mismo síndrome, intentan encontrar la verdad que demuestre la inocencia de Lucas. Lo intentan sin tener oficio alguno de investigador y además cargando con esta enfermedad, lo que realmente les complica muchas veces su tarea.
Esto genera una tensión en el relato, ya que, como el protagonista de Doble de Cuerpo de Brian de Palma, se ven luchando no solo contra los culpables sino contra sí mismos. Pero esa tensión se rompe en múltiples ocasiones debido a que los personajes no toman tan dramáticamente su problema, lo que a veces deriva en situaciones de muy buen humor, mas dark que negro, muy disfrutables, lo que hace acordar, si le sumamos esos ambientes futuristas apocalípticos a Acción Mutante del director vasco Alex de la Iglesia.
Otro hecho que se menciona y que marca una tensión es la existencia de bombas puestas por los grupos nacionalistas que no llegaron a detonar, lo que lleva a la idea constante de que en cualquier momento puede explotar todo.
Mas allá de todo, los personajes solo buscan sobrevivir (o padecen de ello), lo que iguala a todos. Quizás con esa lluvia interminable, que moja a todos a cada momento, se nos quiera advertir que al final de los días se hará verdad la profética idea discepoliana de que “allá en el horno nos vamos a encontrar”.

Atrapar al orejano


Oscar Brando. Vivientes. Latitud de Juan José Morosoli. Montevideo, Ediciones del Caballo Perdido, 2007. 103 pp.


Ni olvidado, ni recuperado del todo, Juan José Morosoli parece deambular por ese limbo donde habitan los artistas que han sabido escapar de todo tipo de membrete, de esas etiquetas o lugares fijos que estamos tan acostumbrados a disfrutar quienes trabajamos con y en el arte. Como si ubicar a un artista en una urna determinada, fuese como darle un verdadero sentido, una real existencia, nuestras conciencias quedan tranquilas si logramos atrapar y fijar alguna obra a un sitio determinado. Por suerte están aquellos que por diferentes motivos, son difíciles de capturar. Entre tantos otros, es el caso de Morosoli.
Parecería que de este gran escritor nos acordamos cuando se cumple algún tipo de aniversario, entonces se generan diferentes eventos, artículos, suplementos especiales, donde de alguna manera se actualizan las lecturas y se intenta agregar algo nuevo a lo ya sabido. No incluyo en este grupo a personas fundamentales para la recuperación constante y la difusión de Morosoli como es el caso de Heber Raviolo y Ediciones de la Banda Oriental.
Así y todo, antes que la ausencia total de crítica, antes que la indiferencia absoluta ante la obra de Morosoli, es preferible la ola provocada por los aniversarios. De hecho, se encuentra buen material y eso ya alcanza.
Vivientes, al igual que el título de uno de los libros de cuentos más olvidados de Morosoli, es el título de este libro de Oscar Brando. El subtítulo de alguna manera aclara cual es el objetivo que el autor intenta, ubicar en este océano tan extraño que es la literatura uruguaya, la latitud de Juan José Morosoli.
El orden de las partes propuesto a lo largo del libro, es bastante claro y progresivo para lograr a través del tránsito por las mismas, el lector pueda ir construyendo junto al autor, aquello que el autor nos quiere decir.
La primer parte, titulada Los Contextos, como su nombre lo indica intenta analizar y presentar en conjunto, todos los rasgos ajenos (aunque no tanto) a lo específicamente textual de la obra de Morosoli. Busca que el estudio de lo “externo” a la obra de Morosoli, aporte aquellas informaciones que no podemos encontrar en los textos, complete los vacíos que esta deja. Quizás busque seguir el consejo morosoliano de no separar obra y vida, aunque a veces esta parte del libro caiga en la separación.
En esta sección se repasa los diferentes momentos de la recepción crítica de Morosoli, separando en cuatro momentos clave: el primero se refiere a la última etapa de la vida Morosoli y años inmediatamente posteriores a su muerte, con los conceptos de Francisco Espínola, Roberto Ibáñez, y Domingo Luis Bordoli. De esta etapa se salta a un artículo de Carina Blixen en 1992, donde Brando intenta refutar la idea de Blixen de la relación de Morosoli con las vanguardias estéticas de los años 20. El tercer estadio de la crítica es planteado en 1999 en el aniversario del nacimiento del autor, cuando se realizaron homenajes en la Fundación Vivian Trías y en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Recupera los juicios críticos de Raviolo, Ruben Tani, María Gracia Núñez, Adriana Felipe yGerardo Ciancio. Quizás el autor cometa un error al olvidar mencionar un artículo de Pablo Rocca en El Pais Cultural titulado “Un narrador de transiciones”, donde el autor discute de alguna manera la posición de Blixen. Por último, Brando dialoga con toda esa tradición crítica, ubicado en tiempo actual, donde rescribe y se rescribe a si mismo en cuanto a las lecturas realizadas en torno a Morosoli.
Esta sección es realmente interesante y el trabajo de Brando resulta muy bueno a efectos de intentar ubicar una posible latitud de la obra morosoliana. A mi criterio, olvida una etapa muy importante en cuanto a la valoración crítica de Morosoli y es entre la primer etapa y la segunda. Brando hace un salto de más de treinta años y olvida lo que fue la labor de Heber Raviolo, desarrollada sobre todo en los prólogos de las ediciones y reediciones de la obra de Morosoli. Destaco de esta producción uno de los trabajos más completos y bisagra en cuanto al rumbo de la crítica morosoliana, que es el prólogo a la edición de El viaje hacia el mar y otros cuentos, de 1962, titulado “Aspectos de la narrativa de Morosoli”.
Esta primer sección de Los Contextos bucea también en las posibles opciones estéticas y políticas de Morosoli, la ubicación del escritor minuano en el campo cultural de la época como así también la ubicación en relación a cierto movimiento de escritores nativistas como Francisco Espínola, Mario Arregui, José Monegal y Javier de Viana. Por otra parte lo relaciona con el grupo de la revista Asir de Mercedes, dirigida por Washington Lockhart, Domingo Bordoli, Arturo Sergio Visca, entre otros. El panorama que hace de Asir, y su relación de amor-odio con revistas como Número y Escritura, es muy bueno en cuanto a pintar el panorama de esos años y la situación del campo literario uruguayo, lamentablemente por momentos se olvida del eje central del trabajo y uno termina preguntándose dentro de tantos datos, dónde quedó Morosoli.
La segunda parte del volumen se titula Los Textos. Es en esta sección donde el trabajo se centra exclusivamente en todo aquello que se pueda extraer de los textos de
Morosoli: sus cuentos, su novela, sus obras dramáticas, sus ensayos y conferencias.
La labor de Brando es muy buena, ordenando la información en tres o cuatro tópicos aglutinadores, estilo, patologías del carácter, la palabra y el silencio (muy acertada la identificación de la relación entre en el hombre y el paisaje de Morosoli con la de Vidas Secas de Graciliano Ramos, y el primer Rulfo), la tristeza y la soledad. Como en la sección anterior, es el punto fuerte la constante relectura de lo ya dicho a lo largo de los años sumada a los nuevos diálogos con la obra morosoliana.
Por último, la tercer parte está compuesta por una galería de fotos del escritor minuano, de gran valor documental. Las mismas fueron donadas por la familia del escritor al ex PRODLUL, hoy SADIL (Servicio de archivo de Instituto de Letras) de la Facultad de Humanidades, junto con un montón de cosas más, que Brando de alguna manera logra inventariar en la primer parte de la sección Los Textos. Este material sirvió para realizar a mediados de esta año la exposición “Juan José Morosoli: 50 años de su muerte” en el Centro Cultural de España, con la curadoría del propio Brando.
Vivientes. Latitud de Juan José Morosoli, es un aporte importante que se suma al realizado anteriormente por otros, para la recuperación y el estudio de ese magistral escritor que es Morosoli. De todos depende, que no pasen treinta años más. Que la relación de Morosoli con el silencio no sea para generar indiferencia y olvido sino para sacar de sus personajes el mejor de los silencios, el que devela los misterios más ocultos del ser humano, porque como dice en El hombre y el paisaje sobre sus personajes: “Tras la palabra cae el silencio, que el que oye une a la palabra [...]. El silencio es la caja de resonancia de su pensamiento.”

El lector de Hilos. 101 años de Renau



La obra del valenciano Josep Renau (1907-1982) es bastante desconocida por estos lados. Pero si tantas veces, por omisiones como esta, los habitantes de estas tierras nos sentimos desinformados, desactualizados, ignorantes con respecto a los artistas de otras partes del mundo (cuando no Uruguay), en el caso de Renau, podremos disminuir la cantidad de azotes en nuestras espaldas, ya que incluso en su lugar de origen, España, la producción de este artista que ha atravesado casi todo el siglo XX, ha sido descubierta y revalorizada en los últimos años. Los motivos pueden ser varios, y siempre en el terreno de la especulación. Uno puede ser la inmensa movilidad geográfica, que tuvo la vida de Renau. Comienza su carrera en España, hasta que por causa de la dictadura de Franco se exilia en México, donde se establecen los principios de su creación, para terminar en Berlín Oriental donde su producción madura. En este sentido el derrotero del valenciano se emparenta curiosamente con el de otro valenciano también revalorizado tardíamente como es el escritor Max Aub.
En sus comienzos Renau, trabaja en el terreno del cartel publicitario, trabajando en revistas valencianas. Estamos hablando de comienzos de la década del 30, por esos tiempos también se produce su afiliación al Partido Comunista y su participación en la fundación de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios.
Durante la guerra antifascista fue uno de los cartelistas más destacados dentro de la propaganda republicana. En 1936, bajo el gobierno republicano del gabinete de Largo Caballero es nombrado Director General de Bellas Artes. Es en función de ese cargo que realiza una acción fundamental para la preservación del patrimonio artístico español: traslada más de cinco mil cuadros de los principales museos españoles a la Sociedad de Naciones en Ginebra. Sin esta acción quizás hoy no sería posible apreciar determinadas obras de arte que habrían sido destruidas por un régimen de intolerancia y estupidez como fue el de Franco.
También, valiéndose de este cargo, es el encargado de organizar el pabellón de España para la Exposición Internacional de París en 1937. En la misma exponen Joan Miró, Luis Buñuel, y hasta el propio Renau. Siguiendo un encargo suyo, Pablo Picasso crea una de las obras más importantes del siglo, el Guernica.
En 1939, encontrándose el valenciano en Barcelona, y obligado por la toma de la ciudad por las tropas fascistas, parte hacia Paris, y de allí hacia la ciudad de México.
En México se integra al movimiento del muralismo mexicano, trabajando activamente con David Alfaro Siqueiros. Es en América donde Renau, deja casi de lado el trabajo del cartelismo para comenzar cada vez con más fuerza a incursionar en un género donde brillará los años posteriores, el fotomontaje. La cercanía con los Estados Unidos, en un momento en que esta nación se encuentra en plena explosión de su economía motivada por el fortalecimiento que le generó su posición en la Segunda Guerra Mundial, lo inspira a elaborar los primeros trabajos de fotomontaje político que luego integrarán el volumen The American Way of Life de 1947.
Ya en Berlín Oriental reúne su obra de fotomontaje en tres tomos paradigmáticos del género: además de su ya nombrada obra de 1947, se suman Fata Morgana USA (1967) y Uber Deutschland.
Su obra está poblada de imágenes de circulación masiva, al igual que el dadaísmo berlinés de John Heartfield o George Grosz, nutriéndose casi exclusivamente de la multiplicidad de imágenes relacionadas al consumo y al statu quo que proporcionaba la publicidad. En sus fotomontajes no usaba fotografías tomadas por él mismo, sino que trabajaba sobre todo con revistas como Life, Fortune, o periódicos como The New York Times, los medios más radicalizados en el esfuerzo por consolidar una hegemonía del capitalismo cultural a través de la imagen. Renau delata los rasgos más alienantes de la publicidad, y lee en ella los subtextos que la recorren, el apoyo a la militarización y a la carrera armamentista, el racismo, la represión. Su objetivo central parecería el de desnudar la hipocresía de la sociedad norteamericana, esfuerzo que también intentó el fotógrafo Robert Frank con su serie The Americans en 1958.
Podríamos decir que de algún modo, la obra de Renau anticipa al Pop Art, en su obsesión por trabajar el tema de la cultura de masas y los mitos consumistas, empleando una iconografía popular y llamativa, apostando a una funcionalidad óptica.
Renau distinguía entre el fotomontaje y el fotocollage. Mientras en éste último importa más que nada el acto de asociación de elementos, a través de la ruptura de los lenguajes tradicionales y su reflexión, en el fotomontaje en tanto, el interés se desplaza hacia el contenido semántico, presenta una suprarrealidad, sería una radiografía de la realidad.
En 1937, en polémica con el artista español Ramón Gaya, Renau afirmaba: “… en el artista que hace carteles, la simple cuestión del desahogo de la propia sensibilidad y emoción no es lícita ni prácticamente realizable si no es a través de esa servidumbre objetiva, de ese movimiento continuado de la ósmosis emocional entre el individuo creador y las masas.” Hoy estos principios nos pueden parecer muy lejanos y anacrónicos. Pero siempre es importante repasar la obra y la vida de artistas lectores de su tiempo. Porque ser un artista político, no indica necesariamente hacer propaganda, basta con leer, de la manera en que sepa o elija leer el artista, esos hilos casi invisibles que siempre, pero siempre, unen a una obra de arte con su tiempo.