sábado, 18 de mayo de 2013

El gigante dormido (¿que pasa con la cumbia uruguaya?)

A principios de este siglo que corre, la cumbia uruguaya aún no había podido convivir con ese extraño hueco que años atrás había dejado la disolución de Karibe con K. Nada había quedado igual en el ambiente y en lo artístico. La banda más importante de la historia cambió todo pero no dejó instrucciones para seguir. Algo se sabía, la cumbia tenía la posibilidad de ampliar su público y salir del nicho que durante décadas había habitado. Sin embargo, quienes agarraron la posta, eligieron la triste opción de intentar limpiar y maquillar, esa expresión saludablemente impura, quitarle la influencia tropical e insertarle el chip del pop noventero, dejar de recorrer bailes de cumbia y cantinas para ganar terreno en cumpleaños de 15 y fiestas elegantes: a ese engendro había que bautizarlo y se le llamó Pop Latino. La fórmula era exitosa y muy fácil de seguir. De ese modo, se multiplicaron las bandas, todas iguales, todos con canciones muy similares, casi calcadas entre si. Las discotecas pasaron a contratar solo bandas de ese estilo, muchas viejas bandas desaparecieron, algunas como Nietos del Futuro intentaron sin éxito aggiornarse, otras sobrevivieron dignamente, o negando la influencia como en el caso de Sonora Borinquen, o tomándola para crear buena música y no basura en serie como en el caso de La Cumana. Dentro del Pop Latino hubo bandas que también lograron buenas creaciones, como L’autentika (apoyado en una flor de banda que era la base de Karibe con K), Los Fatales y fundamentalmente La Furia. Esta tendencia fue tan dañina como corta, y hacia mediados de 2003, la vieja cumbia uruguaya volvió con todo, basado en bandas que sobrevivieron como Sonora Borinquen, pero sobre todo por dos solistas que comenzaron a poner sobre la mesa temas nuevos y una nueva forma de dialogar con la tradición sin ignorarla, Gerardo Nieto y Rolando Paz. Empujados por este renacer, vuelve a sonar en las radios y a tener una fuerte presencia en los bailes, la plena y la cumbia romántica herencia de Karibe con K, El Cubano de América o Sonora Palacio. Solistas como Martín Quiroga o Alex Stella, y bandas como La KGB, La Revancha, La Sabrosura, L’Autentika, La cumana, entre otras vuelven a configurar el movimiento desmantelado.
Sin embargo en el presente nos encontramos con una extraña situación. No solo dos de las bandas más emblemáticas del Pop Latino (Chocolate y Monterrojo, quienes además siguen haciendo el mismo show de siempre) han resurgido de las cenizas y gozan con cierta popularidad creciente, sino que en muchas bandas se han visto tics o influencias marcadas del viejo Pop Latino. Incluso lo que podría ser preocupante es que dentro de esos ejemplos estén bandas como La Cumana o L’autentika. Sin desmerecer a nadie, simplemente hablando de música y de gustos, y defendiendo siempre la idea de que todos los músicos laburen haciendo lo que quieran, es evidente que el Pop Latino resurge cuando la cumbia tradicional baja su nivel o su intensidad. Veamos por qué podría pasar esto en la actualidad.
En cuanto a las bandas, es notoria la baja de nivel de La nueva Kgb desde la partida de su cantante Carlos Corti y también lo mucho que ha caído una banda importante de los últimos años como La Revancha. Esto se suma a algunas malas decisiones de L’autentika (a pesar de buenas cumbias románticas cantadas excelentemente por Damián Lezcano) o La Cumana. Esta última viene zafando con la incorporación del gran cantante Bocha Lozano (ex Cubano de América), sin dudas uno de los mejores solistas del momento quien impresiona con su vigencia en la interpretación. La situación de los solistas es un poco más esperanzadora aunque muy variable. Denis Elías había ganado en buena ley un lugar dentro de los solistas importantes de la plena, pero en su mejor momento su música viró desde una plena enérgica y el rescate de clásicos del género a interpretaciones melódicas y poco tropicales (por más que en vivo sigue fiel a su viejo estilo). Martín Quiroga sigue siendo el rey indiscutible de la interpretación de plena, pero sus apariciones y desapariciones constantes y la ausencia de un disco que reúna sus múltiples trabajos, hace que nunca termine por consolidarse. Lo mismo sucede con Alex Stella, quien luego de su paso fugaz por La Kexu, se ha dedicado exclusivamente a cantar sus viejos éxitos (por cierto de muy buena manera siempre). Rolando Paz no ha presentado nuevo material, y Gerardo Nieto está en estudio grabando su nuevo disco, aunque los adelantos que se han dejado oír por ahí anuncian uno de sus mejores discos, continuando el camino de Punto G y G.C.P. y con una forma de cantar que parece mejorar con los años. Entre toda esta quietud quien está brillando es Carlos Corti, quien luego de su partida de La nueva KGB, formó una tremenda banda y con un repertorio de plena potente sumado a su excelente modo de cantar la plena y su vasto registro, ha puesto en la calle una buena cantidad de canciones imperdibles y se está consolidando quizás como el solista del momento.
A no dramatizar, si bien es cierto que cierto Pop Latino y una pésima cumbia wachiturra (con excepción quizás de los propios Wachiturros), están ganando terreno, las cosas pintan para que cuando la movida de cumbia despierte de este momento de letargo, volveremos a disfrutar de una cumbia uruguaya que si sobrevivió al principio de este siglo, es casi inmortal.

Si querés vení

Natalia Mardero, Gato en el ropero y otros haikus, Montevideo, Irrupciones, 2012. 147 páginas.

El haiku, es más que una forma de poesía, tradicional en Japón. Como mucha cosa en las culturas orientales, es lo que es en sí misma y algo más. Simplemente dando una idea, describiendo una acción, pensamiento o sensación, el haiku condensa y guarda tantos mensajes como los que expande. Lograr esa densidad de significados, con un buen manejo del lenguaje, cierta musicalidad y hasta belleza, es ardua tarea que los cultores contemporáneos del género no siempre han conseguido. Octavio Paz, Tomas Tranströmer, Borges y hasta Mario Benedetti entre otros han incursionado en el haiku, y en esa lista habría que agregar ahora a Natalia Mardero, con su último libro Gato en el ropero y otros haikus.
Sin embargo, los haikus de Mardero no se relacionan con las diferentes características de los de los autores mencionados. No hay cultismo, elucubraciones filosóficas, humor berreta, o intentos de hacerse la japonesa, en estos haikus hay intimidad, o más que eso, viaje al centro de sí. En este sentido es ineludible mencionar que Gato en el ropero está estrechamente ligado a Haikus gordos, de la argentina Belén Ianuzzi, aunque quepa la posibilidad de que sus autoras no se hayan leído.
En estos haikus, la autora no se planta atrás de un vidrio a mirar el mundo y describirlo, ni se plantea un problema que debe resolver a través de un poema. Su actitud es de vivir lo que escribe y viceversa, ser protagonista y materia de sus haikus, y sin caer en escritura automática, sacarle capas e intermediarios que separen al pensamiento o sensación original de aquella que el lector encuentra dentro del libro. Esto quizás sin la intención de ser didáctica o iluminadora, mezclando ambientes o personajes en apariencia imposibles de relacionar, muchas veces dejando el poema más que como obra cerrada y con el contenido acumulado en su interior, como una bolsa abierta por donde constantemente se escapan y se disparan preguntas o variantes. En este sentido cabe mencionar que no se trata de un tipo de poesía muy común en nuestro país, tan adepto al raciocinio, a la poesía ingeniosa, la coloquial anacrónica, o a la oscuridad más barroca. En estos haikus no parece haber intención de poner excesivamente palabras esdrújulas constantemente para sonar potente, ni de hablar del calabozo del alma en una noche oscura, ni nada de eso. Mardero habla de su infancia, sus gatos, el amor y las playas sin excesivas pretensiones, simplemente dejando una mínima luz prendida y la punta de un hilo fino para el lector que quiera y se anime a compartir esa sensación con quien escribe. Se busca la complicidad sutil, la autora quiere que la acompañemos en ese viaje, pero no se desespera, sabe que es un viaje que igual puede hacer sola. Eso parece quitarle una mochila pesada, que muchas veces ha complicado a la poesía actual, cómo relacionarse con el lector y pedirle su compañía, cómo pararse en un sano equilibrio entre aquel que quiere viajar sólo y se refugia en el hermetismo y aquel que necesita desesperadamente compañía y genera una obra entre demagoga y artificial.
Este tipo de poesía ha sido muy escaso en nuestro país, no así  en Argentina, donde incluso de este palo intimista, directo, hedonista (pensemos en las poetas de Belleza y Felicidad) se ha abierto un camino que ha llegado a la narrativa (Inés Acevedo, Fernanda Laguna, Dani Umpi y con algún matiz, Posmonauta de la propia Mardero) o incluso al cine como en algunas películas de Ezequiel Acuña, Martín Rejtman, Juan Villegas o Celina Murga.
Un último detalle a comentar. Gato en el ropero es un muy bello libro en su diseño, conteniendo ilustraciones de Adela Casacuberta y fotografías de Bernadette Laitano, las cuales no son un mero adorno que acompaña los haikus sino parte fundamental de un conjunto sumamente poético, tan sutil como potente y sumamente bella, de una poesía necesaria en nuestro ambiente, tantas veces con jaqueca en la buhardilla, de baúl, poco festivo, arrugado.

El ojo del huracan. 20 años del último gran disco de Karibe con K


Karibe con K cambió  todo. Por mucho que les pese a los fudamentalistas de la cumbia vieja, quienes le critican sus características marketineras y la introducción de un palo de show más espectacular, en la música tropical uruguaya, y hasta en la música popular de nuestro país y las compañías discográficas, la banda de Eduardo Ribero marcó un antes y un después. Surgida a fines de la década del 80 como una versión mejorada de la anterior Sonora Caribe, Karibe con K ha seguido hasta la actualidad, con algunos períodos de ausencia en el medio, grabando discos y actuando en las noches uruguayas. Sin embargo hay razones para afirmar que el núcleo duro de ese gran cambio que marcó esta banda no tiene más de 5 o 6 años, más precisamente desde el disco Sobredosis, grabado en 1989, hasta el que quizás sea su último gran disco La 8ª Maravilla, que está cumpliendo 20 años.
Los discos antes mencionados, más La generación del 2001 (1990), Amos del futuro (1990), Furor tropical (1991) y Superstar (1991) marcan  la consolidación de un nuevo sonido en la música tropical uruguaya, y el crecimiento en lo técnico , carisma y popularidad del trío de cantantes formado por Yesty Prieto, Miguel Ángel Cufós y Gerardo Nieto. También muestra un progresivo cambio en la selección de temas que dejan de venir del palo más duro centroamericano y de baladas salseras, para ir hacia algo más pop, universal, románticos que sonaban en la radio y en Ritmo de la Noche. Esto es evidente si uno ve el primero de los discos y el último de este corte propuesto. En Sobredosis había temas de Andy Montañez, Eddie Santiago, Mon Rivera, Raymundo Vázquez y Willie Colón, mientras que en La 8ª Maravilla ya aparecen Raphael, Dyango,  y Ricardo Montaner. Sin embargo en este último disco, estos covers no hacen ruido o arruinan el disco, como sí pasaría en discos posteriores, sino que en algunos casos como en “Tarántula”, “Tu mujer” o “La cima del cielo”, la brillante interpretación del trío de cantantes más el siempre perfecto desempeño de la orquesta hacen que se transformen en buenos temas incluso cuando en la versión original no los fueran.
Además La 8ª maravilla cuenta con puntos altos en la historia de Karibe con K, grandes temas que hasta el día de hoy son escuchados y no han perdido fuerza y vigencia como “Dame tu Cariño”, “Hasta aquí te he sido fiel”, “De mi enamórate”.
El primero es un tema paradigmático dentro del sonido de Karibe con K. Una salsita lenta y con pocos instrumentos acompañando la voz de Yesty Prieto en uno de sus mejores momentos, luego de esta parte explota el tema con una fuerte presencia de los vientos (una característica fundamental) y el bajo de Eduardo Molina acompañando el tema casi como un vocalista más. Este esquema es muy común en los temas de Karibe con K de esta etapa y casualmente la mayoría  de estos temas son interpretados por Prieto.
“Hasta aquí te he sido fiel” también es una canción paradigmática, no solo de la banda sino del repertorio que interpretaba Gerardo Nieto. La forma de empezar cantando notas muy bajas en un volumen bajo para luego ir subiendo y terminar bien arriba, luciendo el amplísimo registro vocal que siempre tuvo Gerardo Nieto, hace recordar a otras grandes canciones como “Odiándote, deseándote” o “Tu quieres más”. Nuevamente el bajo de Molina es una maravilla y la banda está en un punto altísimo en manejo rítmico.
“De mi enamórate”, hermosa canción de la mexicana Daniela Romo (sí, la misma de “que vengan los bomberos que me estoy quemando”), es otra muestra clara del registro vocal de Gerardo Nieto y del dominio de las escalas más difíciles. Canción difícil de afinar, hasta el día de hoy Gerardo Nieto la canta en sus recitales solistas, mientras sus músicos desarman, a capella, clavando todas las notas en el ángulo sin mucho esfuerzo. Esta canción, al igual que las otras dos, y alguna más en el disco también dejan en claro la intención de Karibe con K por salirse de la cumbia vieja ortodoxa integrando no solo otros ritmos tropicales o centroamericanos sino también ritmos mas anglosajones o incluso instrumentos que se usaban en ese momento y que la música tropical uruguaya no había explotado lo suficiente aún como los sintetizadores o la batería eléctrica.
Los discos mencionados, comparten una asombrosa característica, que diferenciaba a Karibe con K de otras bandas de la época y es, usando una terminología tenística, el alto porcentaje de winners, es decir la escasa presencia de canciones mediocres u olvidables. Este hecho podría compararse sólo con algún disco de Combo Camagüey , Cumanacao o El cubano de América pero todos de discos editados varios años antes.
Luego de este disco sobrevendría una caída estrepitosa en lo anímico-espiritual y en lo musical. En lo anímico fruto de la detención de Yesty Prieto, quien estuvo varios años en prisión lo cual no solo significó la fractura del trío de cantantes que habían brillado durante años, y la consecuente pérdida de una voz que interpretaba determinados temas como nadie, sino que fue una pedrada que bajó violentamente a la banda del loco vuelo que llevaban, les recordó que se está arriba hasta que se deja de estarlo,  de semidioses que transformaban todo en oro, volvieron a ser humanos. La banda intentó seguir tocando, pero era notorio que la luz que irradiaban ya no era tan brillante y espontánea.  En lo musical, los defectos que venían teniendo sus discos anteriores y que eran ocultados por genialidades, saltaron mucho más a la vista y en algunos casos se profundizaron. Se fue abandonando la experimentación en la interpretación y en la elección del repertorio, pasando a buscar goles seguros con canciones que supuestamente no podían fallar, interpretadas con una supuesta fórmula ganadora. Para acompañar a Cufós y a Nieto, visiblemente afectados por lo que le sucedió a Prieto, se optó por algunas voces nuevas como Kimba Pintos, Fernando Couto o Alex Stella, que no pudieron devolver a la banda a la época del trío más conocido.
Años después, ya con Prieto en libertad, no podría recuperarse el nivel anterior. Karibe con K seguía sacando discos pero por lo general los discos más escuchados seguían siendo los primeros. Por si fuera poco su mayor cabeza creativa y uno de sus mejores músicos, Oscar Gómez y Eduardo Molina ya habían dejado la banda para formar L’Autentika. Las radios, pasaban viejos temas, y las nuevas canciones no pegaban ni lograban el efecto esperado. Hubo excepciones indudablemente, que están dentro de lo mejor de Karibe (Alerta Roja, Intensamente, La única, Mi libertad, Deseándote, Con quién de los dos, Mira mis ojos, Juguete de nadie)  , pero la efectividad y la cantidad de winners por disco disminuyó notoriamente. Quizás la mayor pérdida fue nunca poder recuperar el sonido anterior, esa atmósfera que sólo tenía una canción de Karibe con K, eso que hacía que otras orquestas intentaran por momentos reproducir sin éxito, pensemos en Sonora Palacio, Ng La Banda o Etiqueta Negra quienes tuvieron otros méritos pero nunca pudieron sonar a lo Karibe.
Entonces, cómo Karibe con K pudo en seis años cambiar para siempre la música tropical uruguaya y conmover de tal modo a una sociedad que nunca había presenciado semejante grado de fanatismo por sus seguidores. Cómo se llegó a una banda que iba a buscar sus discos de platino en limusina, los mismos doble platino que logró más de una vez sin salir todavía el disco a la calle, sólo con reservas en las disquerías. Por qué esos discos son todavía vendidos en buen número y el último disco (el muy flojo Klásico y Aktual) no trascendió. Por qué cuando en una entrevista radial en vivo soltaron un chiste de que iban a tocar gratis en la plaza de los bomberos en un par de horas y a esa hora ya no cabía un alma en la plaza y tuvieron que salir de la radio, vecina a la plaza, a través de La papoñita que los refugió. Por qué todos los días, desde hace 20 años, en todos los programas radiales del género, el grupo más pedido por oyentes es Karibe con K. Puede haber mil explicaciones para este fenómeno y hasta algún misterio sin resolver. Para algunos será simplemente una buena operación de marketing de Eduardo Ribero, para otros la banda que en seis años se volvió insuperable en lo musical y en su impacto social. Eso será materia para trabajar en otro momento, por lo pronto ahora, desde estas líneas se empieza por lo primero, por hacer un corte, por determinar el núcleo de este fenómeno, esos seis años de cuyo fin se cumplen en este año, ya veinte.

El mantel de hule. Leonardo Favio (1938-2012)


En el breve obituario que daba cuenta de la muerte de Leonardo Favio, Gonzalo Curbelo de la diaria mencionaba acertadamente que en tiempos en que la categoría artista popular está bastante manoseada, se podía decir que con Favio moría un verdadero artista popular. La afirmación no solo es correcta por incluir a Favio dentro de esa especie de categorización sino por mencionar que efectivamente lo popular, es algo que se ha vuelto difuso. Porque lo popular no es fácilmente definible y últimamente se ha intentado facilitarlo. No es estrictamente una cuestión relacionada con el consumo, ni con lo conocido que es algo o alguien, ni con la relación que tenga con la identidad del lugar ni con la cercanía a las expresiones del pueblo. Es todo eso en buena medida y mucho más. Este plus es lo que a veces no se toma en cuenta y es lo que hace que Favio sea un verdadero artista popular, además de un gran artista.
Porque Favio tenía también todas las características mencionadas. Tanto su cine como su música fueron consumidos por mucha gente (los cuatro millones de argentinos que vieron Nazareno Cruz y el lobo todavía son una cifra record), sobre su fama y lo conocido que resultaba su nombre, sus canciones y su imagen no se puede discutir, al igual que lo profundamente argentina que es su obra. Pero a todo esto se le agregan otras cuestiones que significaron que la muerte del lunes no fuera una muerte cualquiera.

A trabajar de artista

Favio es el estereotipo de la superación personal al estilo de las viejas historias de radioteatro, del teatro costumbrista, o las biopics norteamericanas de los 80. Cualquier director podría hacer una película sobre su vida, hasta cualquier conjunto de parodistas podría hacer la parodia de Leonardo Favio y tener buen suceso. Esto se debe a que su vida tiene de todo. Nacido en la localidad mendocina de Luján de Cuyo con el nombre Fuad Jorge Jury, casi no conoció a su padre, criándose con su abuela, su tía y su madre, éstas dos actrices de radioteatro. Muchas veces, por algún problema con la ley o porque su madre viajaba a Mendoza por cuestiones de trabajo, tuvo varios períodos de internación en el Patronato de menores. Viajan a Buenos Aires junto a su hermano, persiguiendo el sueño de ser artistas. Duerme en pensiones de mala muerte, comiendo salteado, yendo a todos los castings que buscaban actores, golpeando las puertas de todos los canales y radios, hasta que por contactos de su tía consigue un papel de “actor de conjunto” (Favio usaba esta expresión para referirse a los llamados “extras”) en El ángel de España del director peruano Enrique Carreras (quien luego sería director de varias películas de las de Porcel y Olmedo). Allí lo ve uno de los mejores directores de la época, Leopoldo Torre Nilsson, quien se transformaría prácticamente no solo en su maestro sino en la figura paterna ausente en la vida de Favio. En una de esas películas conoce a María Vaner con quien comienza una relación. Para impresionarla y “por miedo a que se la ganara algún intelectual” decide filmar un corto, basado en una historia de su hermano Zuhair. Va a los laboratorios AGFA, les lleva un papel falso en el cual supuestamente Torre Nilsson les pide latas de película, y con esas películas robadas filma El amigo, su primer cortometraje. Cuenta Favio que al filmarla descubrió que eso de filmar no era ni fácil ni difícil, sino que era, y que eso era algo que parecía salirle bien. Es luego de ese corto que empieza a planear su primer largometraje, basado en una de las historias que vivió en el internado de menores, una fuga.

La historia de la fuga de unos pibes de un correccional iba viento en popa hasta que por esos días se estrena con gran suceso Un condenado a muerte se escapa de Robert Bresson. Cuenta Favio en el libro Pasen y vean de la periodista Adriana Schettini “Cuando la vi se me vino el alma a los pies, porque era la historia de un tipo que se escapaba de un calabozo. Todos van a pensar que lo mío está copiado de Bresson, pensaba. Pero charlando con mi hermano, se nos ocurrió que se le podía dar otra vuelta a la historia y ahí empiezo a escribir Crónica de un niño solo, basada en nuestras experiencias del Hogar El Alba. En esa película más que la cárcel de menores está el retrato del Hogar El Alba, donde eran flor de verdugos”. La película fue un éxito, tuvo once premios en el Festival de cine de Mar del Plata, incluido el premio revelación al niño Diego Puente. Crónica de un niño solo sorprende por varios motivos. En primer lugar la importancia de lo visual y el sonido como verdaderos protagonistas, novedoso si se toma en cuenta que se venía de un cine argentino muy basado en los diálogos y en la forma tradicional de plano y contraplano. En segundo lugar cierto descubrimiento de un habla popular no impostada, rasgo que caracteriza a toda la filmografía de Favio, y que incluso es un padecimiento de cierto cine en la actualidad. Por último lo ambivalente de los personajes. Hasta en los seres más supuestamente despreciables hay una mirada tierna, y en los personajes tiernos y queribles hay oscuridad, cierta sordidez.
Envalentonado por el éxito de Crónica de un niño solo, Favio arranca definitivamente una carrera cinematográfica que no parará hasta su muerte y cuyo segunda (o tercera) escala va a ser una de las obras maestras del cine latinoamericano, Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza, y unas cosas más. Luego de ésta película, que consolidó a nivel de reconocimiento al director, su carrera cinematográfica comenzara a convivir con otro costado, igual de importante para entender ese fenómeno llamado Favio, su carrera musical.

Un árbol

Motivado por unos amigos productores que lo escucharon cantar graba unas canciones. Dos de ellas Fuiste mía un verano y O quizás simplemente le regale una rosa se transforman en verdaderos éxitos y Favio pasa del moderado reconocimiento de joven actor y director de cine a la fama desenfrenada de un ídolo de la canción. Éste éxito vertiginoso no era muy bien llevado por el artista, quien durante esos años pasó mucho tiempo recluido en su apartamento. Si bien, formó parte de cierto movimiento de cantantes románticos o beats junto a figuras tan disímiles como Sandro, Leo Dan, Juan Ramón, Palito Ortega o Chico Novarro, Favio planteaba novedades con respecto a éstos que hacía difícil el incluirlo en alguna tendencia. Para empezar su forma de cantar, que alternaba muchísima calma en la interpretación con verdaderos momentos de furia, vozarrón y dicción percutiva. Por otro lado su repertorio, que podía tener desde temas compuestos por Leo Dan, a un tema de Spinetta (Tema de pototo), Chiquillada de José Carbajal, o una cumbia colombiana ortodoxa. Por último ciertas variantes en las letras que resultaron novedosas y que de algún modo se emparentan con cierta búsqueda de su cine, la inclusión del voseo o de algunas expresiones como “piba” o “che”, muy difíciles de encontrar en un repertorio romántico de cierta formalidad y neutralidad verbal. Para muchos admiradores de su cine, el lado musical no solo les desconcierta sino que les incomoda. Ese problema resulta si se lo concibe como sistemas de creación separados. Si, como plantea Horacio Verbistsky en su nota de despedida a Favio publicada en Página 12, se considera su música, su cine, su aspecto, su militancia política, como un gran todo, surgido del mismo árbol, la cosa adquiere sentido y trascendencia.

Héroes de barrio

Toda esta ola desenfrenada es abruptamente cortada por Favio cuando comienza el proceso de filmación de la película que marca su ingreso al color, Juan Moreira. La etapa de blanco y negro se había cerrado con un film que no había tenido muy buena crítica, pero que los años han demostrado que se trata de una de las joyitas de su filmografía, como lo es El dependiente. Esperpéntica, opresiva, asfixiante, silenciosa, marca el punto más complejo y quizás filosófico del cine de Favio, y cierra en sí misma un tipo de cine que ya nunca volverá a hacer. El dependiente dejó proezas en lo técnico (es conocida la historia del plano final pero lo complejo de su realización no deja de sorprender) y la sensación de que esa trilogía de blanco y negro, tan revolucionaria, abría paso, ahora con color, a una nueva etapa.
Con Juan Moreira se ingresa en una etapa más épica, mágica, quizás más romántica, de excesos, de cierto barroquismo pop, siempre al borde de lo cursi o naif, pero escapando a último momento gracias a un pulso narrativo genial y un manejo de lo visual casi impresionista. También es la primera vez que uno podía sospechar cierta guiñada a una coyuntura determinada de la sociedad argentina. Moreira, la historia del gaucho rebelde, del pueblo contra la ley o contra el sistema, fue filmada y estrenada en pleno fervor peronista  por el inminente retorno de Perón desde Madrid, el cual para la gran mayoría de los peronistas (entre los que obviamente se incluia a Favio) iba a significar el retorno del pueblo al poder. Favio fue parte de la comitiva que viajó con Perón hacia Argentina, brindó su equipamiento técnico para el acto de Ezeiza, fue el locutor del acto, fue uno de los que pidió en vano que pararan la balacera, amenazó con suicidarse en público si no paraban las torturas a las que los secuaces de Lopez Rega estaban sometiendo a integrantes de la juventud peronista en un hotel. Luego de este desencanto, y hasta Gatica el mono, veinte años después, la política no aparecerá, ni directa ni indirectamente en su cine.
Posteriormente a Juan Moreira, que había sido un verdadero éxito de público, estrena Nazareno Cruz y el lobo, la cual superó en cuanto a concurrencia el éxito de su predecesora, y se transformó en la película más vista en la historia del cine argentino. Al igual que en la película posterior Soñar, Soñar, injustamente subvalorada, el color explota, las bandas sonoras se vuelven monumentales (ya habían empezado en Juan Moreira), Favio se vuelve más popular que nunca, y más criticado por los críticos de izquierda, o más intelectuales, que lo tildan de cursi, evasivo y en decadencia.
Luego la dictadura, el exilio, y la mejor vuelta posible con la que seguramente sea su obra maestra, Gatica el mono. Brillante película que termina siendo la mejor historia de la década peronista, de su auge, su caída, y cómo vivieron ese proceso los más humildes.
Posterior a Gatica, su bajada de candidatura al Oscar, en protesta por las trabas del Congreso a aprobar una ley de apoyo al Incaa, y la filmación de ese monstruo (muy disfrutable por cierto) de seis horas llamado Perón, sinfonía del sentimiento.
Su carrera se cerró  con Aniceto, adaptación de su viejo éxito en clave de ballet cinematográfico, en la cual, además de homenajear a Georges Méliès, se homenajea a sí mismo, demostrando lo que se volvió su sello, ese virtuosismo expresado de la manera más sencilla posible.
Cuando la muerte lo encontró estaba craneando su nueva película, El mantel de hule, título de gran síntesis de su búsqueda estética y artística. Lo popular, no en términos heroicos, caricaturescos o despectivo, sino esencial, sencillo, sutil, honesto.

Fin
En tiempos en que lo popular se ha bastardeado, muchas veces por elitismos académicos, otras veces, muchas, por los propios defensores de eso llamado lo popular, o por quienes dicen hacer algo popular, confundiendo popular con llano, caricaturesco, conservador, de mal gusto. En momentos en que sobre lo popular hay una nube que vuelve todo esmerilado, decir que con Favio muere un verdadero artista popular es dar luz sobre el tema. Generó una obra musical, con mucha llegada a diversos públicos, integrando localismos sin volverla pintoresca. Forjó una enorme filmografía absolutamente universal, basado en telenovelas, radioteatros, circos criollos, folletines e historietas (era un gran lector de Oesterheld, Hugo Pratt, Del castillo, Casalla, El llanero solitario, Rip Kirby ). Hizo hablar a sus personajes con el habla de las calles y los bajos fondos, pero no para que el primer mundo comprendiera lo que era un pobre tercermundista, sino para que la gente pudiera ver en una sala a personajes que hablaban su idioma. Les mostró en la pantalla a iguales, a semejantes, pero que podían ser héroes como Gatica o seres sobrenaturales como Nazareno Cruz, no los encadenó a la mediocridad del pobre, la que proviene siempre de las clases dominantes. Y todo eso mientras soñaba, con pasión, encendiendo siempre el mejor de los fuegos (como Nazareno), fuego que no tiene miras de querer apagarse, aunque ya no podamos esperar, y nos duela a varios,  “la próxima de Favio”.

El quinto elemento


 Sergio Bizzio, El escritor comido, Montevideo, Criatura, 2012. 171 páginas

Afortunadamente, en los últimos tiempos se ha intentado, por parte de editoriales y librerías, remediar la enorme carencia en la circulación y llegada de libros de autores argentinos de los últimos veinte años. El primer paso fue determinar cuáles eran los nombres importantes de aquel lado del río, aquellos que estaban haciendo cosas interesantes. Luego de acceder a sus libros, comprobar que eran editados por editoriales independientes (medianas y pequeñas), posteriormente animarse a traer el catálogo de esas editoriales y comenzar a disfrutar no sólo de esos nombres importantes mencionados anteriormente sino también de autores desconocidos, nuevos, que resultaban tanto o más interesantes que los ya reconocidos. Un ejemplo de este proceso se puede aplicar a Sergio Bizzio (Ramallo, Buenos Aires, 1956). Nombrado desde hace tiempo como un autor fundamental, principalmente por sus colegas más jóvenes, publicó su primera novela en 1990 pero no fue hasta la excelente Rabia de 2004 o su no menor Era el cielo (2007), que su nombre empezó a circular escasamente en nuestro país.  Sin embargo sus libros no se conseguían en Uruguay, para lo cual había que viajar a Buenos Aires y comprarlos. Ahí uno conocía su obra, realista pero no didáctica, de un despliegue narrativo y una imaginación desbordada muy relacionada con sus coetáneos, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Alan Pauls, Daniel Link. Se trata de autores nacidos en la década del 50, jóvenes durante la dictadura, que comienzan a editar tibiamente en los 80, más emparentados con Copi, Fogwill, Osvaldo Lamborghini, Levrero o Felisberto Hernández que con Cortazar, Arlt o el propio Borges. Una generación que privilegió más el contenido que la forma, o al menos que buscó sus desbordes en lo contado y no tanto en su estructura. Una literatura sin límites, que no debe rendir cuentas más que a si misma, con una relación desatada de los géneros, los cuales eran más concebidos como registros a usarse que como corsés que determinaban una obra.
El último paso, y a veces el más difícil, del proceso mencionado al principio, es publicar esos autores en Uruguay. Criatura editora lo acaba de dar con la publicación de El escritor comido, de Sergio Bizzio.
Publicado originalmente en 2010 por Mansalva, editorial que ha publicado mucho de lo último suyo, El escritor comido cuenta la historia de Mauro Saupol, un escritor de best sellers, más que de autoayuda, de esas ficciones que toman una historia de otras culturas milenarias, un proverbio o una anécdota y en torno a ella hacen girar una ficción con moraleja, enseñanza y reflexión. El hecho de que Saupol sea brasileño, viva en Brasil y haya tenido un pasado de reviente y excesos, lleva inevitablemente a que el lector lo asocie con Paulo Coelho, más allá que el autor en entrevistas aclare que se basó en muchos escritores y no solo en el brasileño. Mauro Saupol cree tener todo, éxito, una linda mujer, mucha plata, viaja por todo el mundo, sus libros se venden en todo el planeta cada vez más. Un día su avioneta cae en el medio de la selva, y Saupol resulta ileso. En lugar de volver a su vida, decide desaparecer y fingir su muerte de modo de ver qué es lo que se dice sobre él. El resultado es muy diferente del esperado por Saupol, y plantea el tema de si el personaje efectivamente estaba preparado para la respuesta o las repercusiones de una devolución del público y la prensa sobre su vida y su obra. Los intentos que hace por volver a su vida, casi arrepentido, resultan golpes aún más fuertes que la indiferencia general ante su muerte y se pierde nuevamente en la selva, donde la novela da un giro (o no) y la vida de Saupol también.
En este punto la novela cambia de registro y se vuelve casi un relato de aventuras a la manera de Joseph Conrad, a quien ya el autor había nombrado como influencia de esta novela en entrevistas. Una investigadora es contratada para buscarlo por la selva, Saupol es de algún modo capturado por aborígenes, y así la cosa va cambiando constantemente. Saupol de famoso a olvidado, la acción de la ciudad a la selva y nuevamente a la ciudad, de relato de aventuras a drama, de la selva americana a Venecia, de escritor vivo a escritor muerto. Los personajes cambian todos, el gran protagonista de esta novela es la metamorfosis, la mutación, el cambio constante.
Al ser un escritor el protagonista, y la novela darle un lugar de preponderancia a su actividad y al ambiente en el que se mueve, las mutaciones también afectan a los conceptos de escritor, obra, y literatura, los cuales van variando, presentando diferentes aristas, que de algún modo los ponen en tela de juicio, los interpelan, los desarman y, de algún modo ridiculizan. Este es un rasgo muy característico de la narrativa de Bizzio, las historias que cuenta, desnudan conceptos incuestionables, los estudia como un service a un aparato que desarma (más que como un forense a un cadáver) y de ese modo les saca el escudo protector que los hacía incuestionables. La política, el arte, el mercado, los escritores, la discriminación, la violencia, la xenofobia, ninguno de estos temas están presentados como protagonistas en la obra de Bizzio, sin embargo son deconstruidos en sus novelas casi sin querer.
El ritmo narrativo de Bizzio es muy eficaz, cuando una parte necesaria para el relato quedó larga o perdiendo la tensión, el autor inserta algo que genera un despertar o un extrañamiento (una pelea entre un salvavidas y el tipo al que está rescatando mientras los dos están en el agua) y devuelve la tensión y el interés. Cuenta una historia sin preocuparse por detalles naturalistas o hiperrealistas (un ruso habla con otro en Venecia y le dice “estamos haciendo mucho bardo”) y logra en una novela de poco más de 150 páginas escribir varias novelas a la vez, en múltiples registros, con personajes que mutan, acciones impredecibles, conceptos puestos en duda, que al final logra lo más difícil, que la historia de un escritor de best seller que finge su muerte, esté presente en cada página del libro mientras el autor lleva su imaginación y la acción a donde quiera. Es libre, su única obligación es con su historia, y a ella la preserva como un quinto elemento.

El afuera y los adentros

No, de Pablo Larrain
Con Gael García Bernal, Alfredo Castro y Luis Gnecco
Chile, 2012, 118 minutos


Cualquier comunidad que se precie de tal debe renovar las miradas sobre los hechos importantes de su historia, escuchando lo que cada generación tenga para decir. Con respecto a las dictaduras de la región, la cosa no ha sido sencilla, durante mucho tiempo quienes elaboraron los diferentes relatos no daban lugar para otros enfoques, banalizándolos, tildándolos de evasivos, frívolos o directamente fachos. Pero la renovación de relatos no se trata de generar historias más o menos interesantes sobre el mismo hecho, sino que su función es la de impedir que un relato, con el tiempo se transforme en leyenda. No, de Pablo Larrain es una película sobre los últimos años de la dictadura de Pinochet. El mismo director ya había filmado los primeros años de esa dictadura en Tony Manero. Pero no estamos hablando del cine de dictadura con el molde La historia oficial, sino del cine hecho por un tipo que fue niño durante la dictadura, que no provenía de una familia de militantes de izquierda (sino casi lo contrario) y que da su visión, tan válida y genuina como la de las víctimas directas del terrorismo de estado.
No cuenta la historia de René Saavedra, un joven publicista chileno exitoso (muy buena actuación de Gael García Bernal), que tiene todo lo que podría tildar a alguien de exitoso, una linda casa, empleada doméstica, un coche deportivo, una carrera en ascenso, pero al que la vida le depara un quiebre cuando la coalición política que lucha por el No en el plebiscito de 1988 que buscaba consolidar a Pinochet en el poder, le ofrece ser el publicitario encargado de la campaña.
Es evidente que René acepta (de otro modo la película duraría quince minutos), y se embarca en la difícil tarea de no solo ganar la votación, que al principio parece imposible, sino de cambiarle la cara de la oposición, el semblante, la táctica. En torno a estos dos problemas gira toda la película. Hay un afuera (la población, los indecisos) que oscilan entre el miedo de las represalias de Pinochet, perder el confort cosechado en esos años (que reconocen, costó algún muerto que otro) o la resignación de saber arreglada la votación de antemano; y un adentro, la propia oposición con un discurso todavía muy sesentoso, “lagrimero” dice René, que considera que únicamente poniendo madres de desaparecidos llorando o imágenes de represión militar van a conseguir los votos. La lucha de René en este caso va a ser la de convencerlos de que las estrategias de la publicidad, en el tiempo en que viven, son mucho más eficaces que las denuncias. Pero hay todavía otro adentro, el del propio René. Para él no es fácil la decisión, no es un héroe, y si bien el y su familia sufrieron el exilio, el confort y su posición económica le influyen, tampoco quiere perder todo. Encima su jefe en la agencia de publicidad es no sólo un colaborador del gobierno de facto sino el encargado de la campaña del Si.
Toda la película transcurre entonces entre el descreimiento de los logros del plebiscito y la esperanza de sacarlo, entre el cambio y la estabilidad, todo en secreto, a escondidas, con la paranoia que la dictadura fomentaba. Todo esto filmado con cámara en mano, con una imagen vintage, ochentena, vhs. La cámara sigue a los personajes como un protagonista más, un integrante mudo de esas situaciones, que a veces los filma cortados, otras veces filma el sol de frente y satura la imagen, como un gran video casero, pero también como las filmaciones precarias de los 80, las ficciones televisivas y la pornografía amateur.
No estuvo nominada a los Oscar como mejor película extranjera. Tenía todos los ingredientes que le gustan a la academia: superación personal, aparente carácter heroico del protagonista, una batalla desigual, discípulo contra maestro, dictadura latinoamericana, y hasta un final feliz (esto no es spoiler porque ya wikipedia aclara quién ganó ese plebiscito). Sin embargo No, es mucho más que eso, está bien hecha, es entretenida, hay momentos en que roza el thriller político y lo hace bien, y es además una reconstrucción de época impecable. Compitió con Haneke y perdió, pero otro año vaya uno a saber qué pasaba.


jueves, 3 de mayo de 2012

La llama asfixiada


Martín Caparrós, Los Living, Barcelona-Buenos Aires, Anagrama, 2011. 430 páginas

Los premios literarios latinoamericanos  (o hispanoamericanos en este caso) han traído obras extrañas, no tanto en su propuesta como en las razones por las cuales son premiadas. Merece un largo artículo el repaso de los últimos premios de los grandes grupos editoriales presentes en Latinoamérica para intentar comprender, qué es lo que se está premiando, y qué canon están ayudando a crear. Lo cierto es que, de parte de este cronista, está la idea de que no han sido buenos años de los premios de editoriales como Alfaguara, Santillana, o la que en esta nota nos inquieta, Anagrama, la cual a través de su Premio Herralde ha premiado a Los Living, del argentino Martín Caparrós.
Esta novela tiene los clásicos toques Caparrós, cierto humor elegante, su conocida postura crítica hacia el peronismo,  su locuacidad. La historia es muy interesante, se podría decir que es la historia de los últimos 30 años del siglo XX en Argentina, contada desde el punto de vista de la intimidad de una casa y una familia. De este modo, a partir de la vida de los padres antes de conocerse, la unión, la búsqueda del embarazo y la gestación de Nito, el protagonista, se empieza a contar la historia de este. Maravillosamente acompañado, cada momento, de la situación política, económica, sociocultural, de la Argentina en cada etapa de su vida. Cierta relación entre el proceso de la vida de Nito y la del país, parece importarle mucho al autor, al punto de que el bebé nace el día de 1974 en que muere Juan Domingo Perón.  Malvinas visto desde un niño y desde una escuela (algo similar a lo que se encuentra en Ciencias Morales de Martín Kohan), el menemismo a los ojos de un adolescente, el peronismo de Cámpora desde el noviazgo de un chapista y un ama de casa. Parece responder a una tendencia que cada vez toma más fuerza entre los escritores argentinos que cuentan una parte de la historia no desde el punto de vista de la vida pública sino desde lo más privado e íntimo, tal es el caso de Historia del pelo de Alan Pauls, o La casa de los conejos de Laura Alcoba.
Todo indica, en los primeros capítulos, que la novela contará la historia de un personaje, en este caso Nito, a través de todas las etapas de su vida. Efectivamente en gran parte del libro esto es así, lo cual comienza siendo un punto alto del mismo, ya que no se deja nada librado a la suposición, se repasa toda la vida. Sin embargo todos los capítulos, poco a poco se van desdibujando por un defecto del narrador, surgido quizás de una de sus virtudes. Caparrós tiene un dominio de la narrativa absolutamente incuestionable, un modo de armar cada frase para que el lector viaje por ellas del modo más fluido y armónico posible, incluso que desee entrar en la siguiente frase. Pero quizás conocedor de esta capacidad, comete permanentemente el error de contar en 100 páginas aquello que pide y necesita ser contado en 10. Se endulza, da mil vueltas sobre lo mismo, y quizás las primeras vueltas en círculo son fructíferas y aportan nuevas miradas sobre esa idea o acción pero las siguientes solo generan tedio.
Como buen ejemplo de lo dicho anteriormente, sobre la elección de estirar hasta el hartazgo todo, es el penúltimo capítulo, que rompe con casi toda la historia de los primeros años de vida de Nito, y en el que parece cambiar tanto la tónica, no solo de lo contado sino de la forma de hacerlo, al punto de que da la sensación de que toda la novela no es más que un cuento de 30 páginas, al cual el autor acompañó con 400 páginas de contextualización o preparación para que el lector conozca un poco más sobre el protagonista. Se recomienda leer el capítulo titulado “Una fiesta”, el cual, si bien comparte los personajes del resto de la novela, cuenta una anécdota con tal densidad que podría funcionar como relato breve, autónomo de la novela e incluso con otra atmósfera.
Una sensación similar se genera con la personalidad del narrador y con la forma en que cuenta su historia. Es muy bueno, y en esto Caparrós debe ser de los más completos de la literatura latinoamericana actual, el uso que hace del contexto y la ambientación epocal de cada momento de la historia. No solo relaciona la historia con datos históricos o atmósferas coyunturales de forma llana, sino que se permite una libre asociación de ideas a partir de un hecho, un personaje, que además está tan bien narrada que para el lector es un viaje por un tobogán muy disfrutable que acompaña gustoso al narrador por sus divagaciones. El problema es que no sabe parar a tiempo y el tobogán se hace eterno, lo que no solo invalida el placer del viaje anterior sino que le permite al lector detectar otro error que había quedado oculto. Caparrós quiere hablar de todo con propiedad, pero como no sabe todo, ni conoce todo, cuando habla sobre lo que no conoce en profundidad, la embarra, da la sensación de ser un escritor novato que se mete en problemas al querer impresionar a alguien hablando sobre lo que no sabe.
La sensación final es la de una oportunidad perdida de escribir una gran novela sobre la Argentina de los últimos 40 años, desaprovechada exclusivamente por su autor, quien quizás, motivado por la muy buena idea central de la novela, la que incluso le da nombre  a la novela, pretendió anexarle o rodearla de tanta cosa que terminó asfixiando esa gran creación. No está mal escrita, es interesante, pero el exceso mencionado genera el olvido de las primera buenas impresiones sobre el objeto en cuestión, o de la buena elección de mencionar determinada idea o generar determinada historia, y deja solo la sensación de un escritor que prefirió olvidar al lector y a la historia, para mirarse nada más que su ombligo.